Carretera entre volcanes

“[…] observamos un camino de tierra tan impracticable como circular en bicicleta por medio de un sembrado. Era complicado meter siquiera la segunda marcha, pues a poco que se embalaba el Hyundai, amenazaba en desmontarse de inmediato. El camino era tan estrecho que apenas sí cabían ambas ruedas en la fragmentada superficie arenosa. Botábamos de un lado para otro en un desafío automovilístico para el que mi nivel de concentración y paciencia no estaba preparado a aquellas horas del día…”.

Aquella mañana las dos chicas colombianas decidieron unirse en mi primigenia idea de alquilar un vehículo y recorrer Islandia a la aventura, en busca de lo inesperado. Juntos caminamos hacia la oficina de alquiler de vehículos que quedaba cerca del hostal y que había visto por casualidad el día anterior. Entré, pregunté, pagué, firmé y salí con las llaves de mi coche. Una birria de coche, permítaseme decir. Era, resumiendo mucho, el más barato que tenían: un Hyundai i10 “tan grande como tu vida”, dicen los de Hyundai en su página web para promocionarlo, pero he visto zurullos de mayor tamaño que aquel vehículo.

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El Hyundai i10 en el que recorrí media Islandia

Tres metros y medio de largo, metro y medio de ancho, cuatro ruedas de bicicleta y una suspensión de juguete, para recorrer carreteras sin asfaltar, llenas de baches, piedras y polvo causados por las nieves y los deshielos, los terremotos y las ventiscas, a lo largo y ancho de una isla volcánica. Cuadrados los tengo, oiga. Existe una única carretera significativa en Islandia, la que rodea la isla en todo su perímetro, pero si te sales de ella lo más probable es encontrarse en mitad de polvorientos caminos poco o nada adaptados a los utilitarios. Treinta y dos euros por día costaba el alquiler de aquel coche de juguete, si no recuerdo mal.

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En el supermercado NÓATÚN compramos cuatro cosas de cara al viaje que nos esperaba

Por tres días me dispuse a viajar, aunque en principio solo durante el primer día tendría compañía con la que compartir los gastos y turnarme en la conducción. Las chicas colombianas regresarían a su ciudad adoptiva de Boston al día siguiente, y entonces ya vería para dónde me llevaba el constante e inmisericorde viento islandés. He de decir que por aquella época, en mis inicios viajeros, yo no usaba de guías de viaje, ni visitaba ninguna de las múltiples páginas de internet plagadas de consejos, que te lo dan todo fácil y desmenuzado. Es más, aún sigo sin visitarlas, pese a que escribo para una, pues me parecen el anti-viaje personificado.

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Carreteras que aguardan al aventurero. Aquí empezó a fraguarse The Road Provides

Para viajar yo requiero aventura, desconocimiento ante lo que sobreviene, adrenalina. Existe un factor al que le doy suma importancia antes de dirigirme a un país o región, algo que me tomo muy en serio y del que depende en gran parte mi felicidad y satisfacción al finalizar un viaje. Como digo, un requisito fundamental para mí, es no haber visto ninguna fotografía de los lugares a los que me dirijo, pues así, antes de llegar, la ilusión y la incertidumbre son totales, como insuperable es la sorpresa al encontrarme con el objeto de deseo.

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Algunos paisajes de Islandia

En aquel entonces, como decía, ni tan siquiera me molestaba en buscar por internet información sobre los puntos de interés de cada lugar al que me dirigía, y todo quedaba dado a la improvisación de mi instinto viajero, a los consejos de última hora, ya fuesen de otros viajeros o de oriundos que conociese por el camino, o simplemente del azar y la buena fortuna. Es una forma de viajar que en ocasiones he dejado algo de lado pero que pretendo retomar de forma permanente tarde o temprano.

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Algunos paisajes de Islandia. Abajo se divisan algunos caballos pastando, al fondo un lago y las montañas

En Islandia, de la que no había visto ni tan siquiera una fotografía en toda mi vida, simplemente disponía de un mapa de carreteras que me ofreció la compañía donde alquilé el vehículo, y en el que aparecían ligeramente destacados los puntos de interés aquí y allí: Parque Natural no se qué, Catarata no se cuánto, Glaciar Vetetuasaber. Todos nombres incomprensibles, por cierto, como iréis descubriendo si seguís leyendo éste y otros artículos futuros. Así pues, básicamente me limitaba a conducir y pararme donde veía algo que despertase mi curiosidad, algún cúmulo de vehículos, o cualquier otra señal en la carretera que indicase con flechas la posibilidad de encontrar algo merecedor de detenerse a mirar.

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Una pequeña lengua de nieve cayendo sobre un río, digno lugar para efectuar una parada
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Algunos paisajes de Islandia

Así partimos, las dos colombianas y yo, Kat y Stephanie, en dirección a ninguna parte pero con ganas de verlo todo. Salimos de Reikiavik y el paisaje pronto cambió, ennegrecido por la tierra volcánica aquí y allá, ensombrecido por nubes caprichosas que cuando marchaban dejaban paso a un Sol tan abrasador que nos obligaba a abrir la ventana para no morir asfixiados. Los inconmensurables espacios abiertos se mostraban la mayor parte del tiempo ausentes de vida, casas u otros vehículos, y toparse con cualquiera de estas formas significaba todo un acontecimiento que despertaba la curiosidad sobre quién, cómo y por qué. Fue una de los hechos que más me impactaron: el escasísimo tráfico con el que me crucé durante mis tres días conduciendo por Islandia, y eso que era Junio, época de relativo buen tiempo, y que conduje por la carretera principal que circunda la isla. De vez en cuando.

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El puente sobre este río fue el primer lugar donde nos paramos a mirar

Vimos una carretera trazada en el mapa, muy bonita ella, dirigiéndose a una península situada al norte de Reikiavik, y decidimos que era buena. Una pena que nos perdiésemos antes de llegar a ella. Transcurridos pocos kilómetros tras haber abandonado la capital, cruzamos un puente que superaba un caudaloso río, proveniente de algún glaciar allende las montañas con total certeza, y allí mismo nos bajamos a hacer fotos, entusiasmados a las primeras de cambio. Fue la última vez en la que tuvimos seguridad de saber dónde estábamos.

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Cataratas por doquier, en Islandia

Avanzamos y pronto quisimos tomar un desvío creyendo que era el camino a seguir. Ciertamente ni el mapa era una maravilla, pues no indicaba gran cantidad de caminos de tierra que surgían indistintamente a cualquier lado de la carretera, ni nuestra capacidad de comprensión topográfica estaba en su punto álgido aquella mañana. El caso es que terminamos en una carretera que, si bien iba hacia el norte, ni era una carretera principal, ni estaba asfaltada. Siendo así, lo que iba a ser un corto paseo de poco más de cien kilómetros terminó siendo una aventura de casi cinco horas, la mayor parte de las cuales conduciendo en segunda velocidad esquivando piedras y baches, y disfrutando, eso sí, de un paisaje cautivador, salvaje y abandonado.

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Una casucha de madera y un todo terreno. ¿Quién cojones viviría allí?

Ninguna gasolinera en el camino ni nadie a quien preguntar había, y quitando un par de todo terrenos con los que nos cruzamos, fueron caballos los seres vivos que más frecuentemente divisamos. Caballos de una raza especial, más rechonchos y peludos que los que pueblan nuestras tierras hispanas, adaptados al oscuro invierno ártico donde solo los mejor preparados sobreviven, y que ante la bonanza climatológica que se avecinaba con el verano, estaban perdiendo progresivamente su pelo en espera del regreso de las nieves. Y allí mismo nos paramos, junto a una valla de alambre donde unos cuantos caballos esperaban a los turistas pasar, y nos acercamos, y los rozamos entusiasmados, como si jamás hubiésemos observado animales similares a aquellos cuadrúpedos. En cierto modo, así era. Poco más tarde hube de tener el coche para que una manada de caballos al galope pasara rozando el vehículo mientras era guiada por un par de cowboys islandeses que los trasladaban a alguna otra parte.

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Kat y Stephanie sin atreverse a acercarse a los caballos, que acudían curiosos a nosotros
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Parecía que posaban, aquellos peludos cuadrúpedos
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Wild Horses

Eran prácticamente las siete de la tarde cuando entramos en un pueblo situado en la península de Snæfellsnes, que se llamaba Stykkishólmur. Ni más ni menos, menudos nombres. Era un pueblo pesquero encantadoramente tradicional, con sus 1.100 habitantes, sus preciosas casas de madera, sus barquitos y su olor a pescado en el puerto. No obstante, y sonará a broma, lo más destacable de aquel pueblo fue el puesto de perritos calientes que hacía guarda a la entrada del mismo.

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El puerto de Stykkishólmur

No era sino una triste caravana en cuyo interior una mujer aguardaba a los clientes, pero de aquel menudo tinglado salían los mejores hot dogs que jamás en mi vida haya tenido la oportunidad de probar. Ni siquiera en New York, a la que fui pocos días después, tuve oportunidad de catar cosa semejante. Multitud de ingredientes a elegir, varios quesos, varias salsas, y todo hecho allí mismo delante de tus narices. Me comí dos. Se me hace la boca agua solo de pensarlo… jamás, insisto, jamás, he saboreado manjar igual, más llamativo si cabe al hallarse en un lugar tan impropio para ese tipo de alimento.

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Al fondo, el puesto rodante de perritos calientes. En primer plano, la bandera de Islandia ondea frente a la comisaría de Policía a la entrada de Stykkishólmur

Bueno, en realidad, tiene cierto sentido. Durante la Segunda Guerra Mundial los estadounidenses establecieron una importante base militar en Keflavic, de la que ya hablé en su momento, y con ellos trajeron las hamburguesas, los perritos calientes, y quién sabe qué otras formas de dudosa cultura. Los buenos de los islandeses apreciaron el regalo y convirtieron lo que podría haber sido una condena culinaria en una nueva vertiente de arte, de tal modo que a día de hoy no existe un solo McDonald’s en Islandia, pues la competencia en el terreno de la carne picada con pan es tan feroz que la gran multinacional fracasó estrepitosamente. Doy fe de ello, pues en dos ocasiones probé las sublimes hamburguesas islandesas.

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El mejor perrito que haya comido en mi vida
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El mejor perrito que haya comido en mi vida

La primera fue con los tres colombianos en un afamado restaurante de Reikiavik. Hamburguesa con queso azul, recuerdo que era. Bastante grande el bocado, por cierto, pues voluminosos son de por sí los islandeses, mas algo más cara de lo que hubiera sido un menú Big Mac del amigo Ronald. No se puede tener todo. La segunda, la noche anterior al viaje que ahora os narro, fue una desesperada carrera bajo la intensa e inesperada lluvia que cayó sobre la capital de la R. En un hambriento spring en busca de alimento llegué a un quiosquillo circular, de unos diez metros de diámetro, afamado entre los locales como un lugar de culto, donde me pedí un menú grasiento y pringoso que hizo las delicias del viajero empapado que era yo en aquel momento. Allí sentado en un taburete junto a la barra, me puse hasta las botas de calorías para el camino.

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Con 3 ºC y un fuerte viento… no hay huevos de quitarse la camiseta

Retomando. Salió el sol nuevamente una vez cayeron los dos hot dogs, y continuamos la marcha hacia el oeste de aquella prominente península volcánica, en pos de su parte más occidental, donde se abría paso hacia la atmósfera un volcán de forma cónica y gran altitud cuyo nombre, Snæfellsjökull, era compartido tanto por el propio volcán como por el Parque Natural que le daba cabida. Por acercar a vuestros corazones aquel pedazo de lava endurecida tras sucesivas y periódicas erupciones a lo largo de los siglos, mencionaré que en la novela de Julio Verne “Viaje al centro de La Tierra”, este volcán era el punto de entrada a la aventura.

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El camino hacia el volcán daba muestras de su pasado volcánico. Me llevé un par de aquellas oscuras piedras volcánicas

Seguimos el camino, bordeando el mar cuyas aguas no serían tan cálidas como las de la piscina termal donde nos bañamos el día anterior, glaciares en la distancia, campos de lava solidificada y fracturada cuyas formas parecían salidas de la escena de alguna película del espacio. En tres o cuatro ocasiones detuve el vehículo y descendimos para hacer algunas fotos, como cuando fuimos corriendo hasta un cúmulo de nieve por el que surgía un riachuelo, o cuando caminamos durante más de media hora en pos de una espeluznante catarata cuya desafiante altura hacía volar las aguas cientos de metros hasta empaparnos la cara.

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Increíble catarata. Abajo a la derecha se puede observar un pequeño ser llamado Juan Alberto

Fue en dirección a esta catarata cuando salté un cercado adentrándome en terreno quién sabe si privado, pero que en realidad estaba ciertamente habilitado para adentrarse, pues unos maderos facilitaban el salto de la valla en un determinado punto al final de un camino. El problema es que la tierra estaba húmeda, encharcada en puntos, y mis femeninas acompañantes se negaron a avanzar. Yo quería acercarme a la aún lejana catarata, y pensamientos sobre la conveniencia e inconveniencia de viajar acompañado por gente con distintos intereses me asaltó hasta cambiar para siempre mi forma de ver la soledad viajera. Les dije que esperaran un rato, y me acerqué unos cientos de metros más, pero el frío reinante dificultaba la espera de las chicas, y todo se precipitó para seguir el camino. Aún quedaba mucho por recorrer.

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Colarse en lugares, con respeto, es siempre la mejor forma de vivir inolvidables experiencias

Alcanzamos finalmente la zona más occidental y subimos a un montículo llamado Ingjaldshóll, donde había una iglesia sobre la verde hierba y un cementerio con sus cruces blancas marcando el paisaje en dirección al volcán. Una vez, en el pasado, existió en aquella zona una comunidad pesquera importante, de modo que aquella iglesia, construida supuestamente antes del año 1.200 y situada a resguardo del volcán en un lugar en altura, era el seguro punto de reunión de las diversas poblaciones cercanas. Desde allí se disfrutaban unas inmejorables vistas del famoso volcán y su glaciar, el más pequeño de Islandia.

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Ingjaldshóll, con el volcán y su gladiar al fondo. Más cerca, justo detrás mía, el cementerio

Habíamos alcanzado el objetivo y yo ya estaba agotado tras nueve horas de conducción casi sin descanso, pero aún faltaba un buen rato para regresar a Reikiavik. Si hubiera estado solo, habría dormido en cualquier parte, pensé lamentando mis actuales obligaciones. Además, era necesario que condujera yo pues el coche era de cambio manual y las dos chicas solo manejaban el automático, así como era yo el único conductor incluido en el seguro y no me pensaba arriesgar a que tuvieran un accidente en mi nombre.

Diez minutos después estábamos en la playa. Una playa principalmente rocosa y negra, poco apetecible para el baño, salpicada por esporádicas y limitadas calas de fina arena, y de un color tan oscuro como no había visto nunca antes ni he vuelto a advertir después.

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La playa volcánica

Desde allí reemprendimos la marcha, con intención de no parar hasta llegar a Reikiavik, pues eran más de las 22:00, llevaba conduciendo casi diez horas, y aún faltaba un buen pedazo hasta alcanzar la capital. Sin embargo, una de las chicas tenía interés en buscar un “hot spring”, cosa que yo por aquellos días no tenía ni la menor idea de lo que era. Desde entonces he visitado muchos “hot spring”, que no son más que baños de aguas termales naturales, los cuales abundaban por allí. Así que me pareció buena idea, y acepté ir en su busca.

Decía ella que un guía islandés que había conocido dos días atrás le había explicado la localización de unos maravillosos “hot spring” salvajes, en mitad del campo, que solo conocía la gente local y donde jamás se vería un turista. Buscábamos el desvío número 23 hacia un lugar cuyo nombre soy incapaz de recordar, y el problema es que pasamos del 22 al 25, por decir, sin ver nada entre medias. Buscamos como locos, incluso dando media vuelta varias veces y recorriendo decenas de kilómetros de más en busca de aquel maldito desvío. Huelga decir que a aquellas alturas yo ya estaba verdaderamente agotado física y mentalmente.

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Por fortuna, había ciertos tramos de carretera en muy buen estado, generalmente la carretera principal que rodea la isla

Tras dar media vuelta una vez más, observamos un camino de tierra tan impracticable como circular en bicicleta por medio de un sembrado. Era complicado meter siquiera la segunda marcha, pues a poco que se embalaba el Hyundai, amenazaba en desmontarse de inmediato. El camino era tan estrecho que apenas sí cabían ambas ruedas en la fragmentada superficie arenosa. Botábamos de un lado para otro en un desafío automovilístico para el que mi nivel de concentración y paciencia no estaba preparado a aquellas horas del día, tras tantas horas de caminos impracticables, y un incipiente dolor de cabeza a causa del poco alimento y bebidas ingeridas durante todo el día.

Tras diez minutos recorriendo aquellos campos de patatas en mitad de quién sabe dónde, corriendo el riesgo de romper alguna parte del vehículo y quedarnos aislados hasta el día siguiente o quién sabe cuándo, decidí que era hora de dar la vuelta aunque fuese con el rabo entre las piernas. Aquel “hot spring” nos había derrotado, y yo aprendí una valiosa lección que aún hoy valoro con gran cariño: cuando estoy cansado, mi estado de ánimo baja a los infiernos, pierdo la paciencia, la simpatía, el optimismo, las ganas de agradar y la claridad mental para pensar y solventar las dificultades del camino. Así pues, cuando viajo intento dormir o nunca alcanzar tal nivel de agotamiento mental.

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Negrito terminé de conducir aquel día… pero aún me quedaban dos más

Regresamos al hostal cerca de media noche, y yo no tenía reservada habitación aquel día. Estaba decidido a permanecer aquella noche durmiendo en el Hyundai, pero una mezcla de condicionantes me hicieron cambiar de opinión. En primer lugar, no sabía hasta qué punto sería legal dormir en el vehículo dentro de la capital Reikiavik. Por otro lado, según tenía planeado pasar dos días más en la carretera, sería necesario dormir esas dos noches en el coche, y dos eran mejor que tres. Por último, era la primera vez que hacía tal cosa y tenía ciertos reparos y miedos ante la novedad.

Entré de vuelta al hostal, con la noche avanzada ya pero la luz aún brillando en la calle, y conseguí la última litera que había libre en habitación de seis camas. Algo más de veinte euros extra que se fueron aquella noche y que, a día de hoy, jamás pagaría teniendo el confortable asiento trasero de un Hyundai i10 a mi disposición. Al menos mientras la columna y la edad me lo permitan, pero que aquella noche, tras 600 kilómetros y doce horas de conducción a mis espaldas, bien merecía la pena.

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