Fumarolas de atracción fatal

“Traspuse extensos terrenos yermos de insondable vacío, a través de un rectilíneo trazado formado por un asfalto de color inusualmente claro que contrastaba artísticamente con la negrura de la tierra volcánica, como si lo hubiesen plantado allí para embellecer aún más el paisaje, y yo admiraba el mundo sin descanso mientras conducía extasiado en mitad de la soledad y la infinitud, en alas de la pasión viajera”.

Me quedaban prácticamente dos días por delante, y la melancolía de la despedida, unida a la sensación de vacío causada por haber intentado ayudar a alguien y terminar sintiéndote un poco utilizado, despertó sentimientos de soledad, dudas y miedos, mientras por inercia emprendía nuevamente la marcha en mi Hyundai i20 a través de los yermos caminos de Islandia.

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Una de las más bonitas carreteras que haya visto jamás

No tardé demasiado en perderme, dejando a un lado el mapa de papel que de todos modos no ayudaba demasiado entre tanto camino de tierra no señalizado. Sobre todo una vez que ya andaba completamente perdido. Circulé durante horas por la parte al sur de Keflavic, simplemente admirando el paisaje, escogiendo este o aquel desvió en función de la atracción que las vistas despertaran en mis sentidos.

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El mar al fondo, paisajes yermos por doquier, la carretera a ninguna parte

Llegué hasta la costa sur de la isla y di media vuelta. Eran las siete de la tarde cuando enfrenté una larga recta asfaltada en cuyo final se alzaba un cúmulo de colinas bajas. Inadvertidamente mi vista se fijó en una fumarola, “¿la chimenea de una fábrica?”, pensé. A medida que me acercaba parecía obvio que allí no había ninguna factoría, “¿un incendio?”, supuse. Pero no había un árbol en kilómetros a la redonda, así que era tan improbable como que fuese una moraga de San Juan, señales de humo, o la pipa de la paz de un nativo americano.

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Ya de bien lejos destacaba el blanco del humo sobre el monótono color del paisaje
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¿La ves ahora?

La carretera giró a derechas dejando a un lado la montaña humeante, y decidí que no podía irme de allí sin averiguar el origen de aquel extraño fenómeno que expulsaba densas nubes al cielo incesantemente. Aparqué mi pequeño Hyundai en la cuneta y empecé a ascender la colina, con la columna de humo ahora fuera de mi visión. Desde abajo la montaña parecía mucho más pequeña de lo que en realidad era, y necesité de veinte minutos subiendo sin descanso y a buen ritmo para ver de nuevo el blanco humo elevándose.

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El humo desde la carretera, donde aparqué el coche

Un fuerte y súbito olor como a huevos podridos llegó a mi olfato, similar a aquellas bombas de peste que tiraban los niños en el colegio. Yo no, los niños. Divisé mi coche por última vez, que parecía un pequeño punto gris ahora, aparcado en el prolongado asfalto rectilíneo, y que constituía la única señal de mi existencia en aquella montaña. Pensé que si algo me ocurría y tenían que venir a rescatarme, el coche podría quedarse allí parado durante días antes de que alguien se percatara del hecho. Caminé extremando la conciencia de mis pasos tras aquel incómodo pensamiento.

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El punto gris era mi coche, visto desde mitad de la montaña, mientras subía. Un todo terreno oscuro pasaba por el lado sin detenerse
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Justo antes de llegar a la cima… ¿qué me encontraría al otro lado?

Me acerqué cauteloso a la cima, esperando encontrar un cono volcánico o algún tipo de poza sulfúrica que expeliese aquel vapor nauseabundo. Para mi asombro, cuando unos minutos después se acabó la escalada y el terreno recuperó progresivamente la horizontalidad, descubrí como los vapores blanquecinos nacía directamente de la tierra marrón. Húmeda tierra, como comprobé al aproximarme lentamente a la nube pestilente, que se dirigía con el viento hacia el Oeste, permitiéndome acercarme por el Este sin sufrir su olor ni su veneno.

Así, aún a unos cinco metros de donde mágicamente brotaba el humo de la tierra sin razón lógica aparente, mi pie se hundió súbitamente hasta el tobillo en el barro caliente, provocándome un susto de tres pares de cojones. Salté hacia atrás mitad sorprendido mitad asustado, y de la huella que mi zapato había plasmado en el barro surgió de inmediato una nueva fumarola blanca de la talla 43. Me miré el pié, completamente embarrado y desprendiendo un intenso olor a huevos podridos, y decidí que no me acercaría ni un paso más. De hecho, cual película bélica en la que un grupo de soldados se descubre en mitad de un campo de minas tras haber visto saltar a uno de sus compañeros por los aires, decidí dejar mis pies donde estaban y no moverme ni un ápice.

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Una mezcla de emociones me atenazaban en aquella montaña, a solas con la naturaleza indómita

Petrificado por fuera, taquicárdico por dentro, observé aquel fenómeno natural de imposible comprensión para mi conocimiento foráneo, que se encontraba desubicado, ajeno a aquel mundo donde el ardiente subsuelo empujaba hacia la superficie toda su furia magmática, creando aberraciones de la razón tan fuertes como lo eran sus propios olores. ¿Qué se escondía bajo mis pies? ¿Qué clase de fuerzas dormitaban en aquella montaña, roncando y expeliendo su pérfido aliento sulfúrico a la atmósfera? La fascinación se mezclaba con la ansiedad y el miedo: por no querer irse, por no querer estar allí ni un minuto más; en una mezcla explosiva que terminó dinamitando los muros de mi universo, permitiendo que me reencontrase conmigo mismo tras aquel flirteo de atracción fatal. Era el nacimiento de The Road Provides.

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Ahora sí, regresaba a la Carretera sabiendo lo que ahora sé: The Road Provides

 

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