Abrumado en París

“Me abrumaba toda aquella superpoblación de turistas, me agobiaba ante tanta espera, tanto empujón, y tanta dificultad para disfrutar, caminar o respirar. Me sentía como un borrego camino del matadero”.

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La Torre Eiffel vista desde el Arco del Triunfo
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… Y el Arco del Triunfo visto desde la Torre Eiffel. Abrumadoras visiones de París.

Todo me parecía abrumador en París. No en vano era el primer destino turístico del mundo, algo que debería haber tenido en cuenta con antelación yo que siempre procuro huir de las masas y que mi destino idílico oscila entre un desierto de dunas o alguna aldea remota en las montañas. Por si fuera poco, menudas luces las mías, me planté allí durante la festividad del 1 de Mayo.

Pensaba yo que después de haber estado en China no iba a verme sorprendido por una muchedumbre nunca más, pero me equivocaba de pleno. Jamás había visto mayor pluralidad de nacionalidades y razas entremezcladas, esperando su turno durante horas y empujándose al límite de las convenciones sociales occidentales, con tal de visitar cualquiera de los numerosos monumentos de la capital francesa.

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La cola para acceder a la zona donde se compran las entradas en el Museo del Louvre. Horas de espera.

Para subir a la Torre Eiffel, para visitar el Museo del Louvre, para entrar en el Palacio de Versalles; para todos estos lugares y muchos más era necesario colocarse al final de una fila de personas cuyo fin no se observaba. Parecía de mentira, cualquiera diría que aquello iba a ser gratis o que regalarían bocadillos de chopped, pero ni una cosa ni la otra. No me entraba en la cabeza que pudiera juntarse tanta gente con la misma idea al mismo tiempo, ni que todos compartiesen con abnegación las varias horas de espera hasta que llegase su turno. Me abrumaba toda aquella superpoblación de turistas, me agobiaba ante tanta espera, tanto empujón, y tanta dificultad para disfrutar, caminar o respirar. Me sentía como un borrego camino del matadero.

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Un tranquilo y relajado paseo por el Jardín de las Tuileries. El obelisco Luxor se ve al fondo tras la muchedumbre.
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Un romántico paseo en barco… rodeados por decenas de turistas atosigando cámara en mano. Al menos este día había dejado de llover.

Para esperar tu turno en el servicio público, para subirse a cualquier vagón de metro en hora punta, para comprar una botella de agua en una tienda cerca de algún punto turístico, para subirte a un barco turístico, para pasear por un parque o sentarte en el césped. Para todas esas cosas y muchas más era necesario emplear varias veces más cantidad de tiempo de lo que uno consideraría razonable o aceptable en condiciones normales. Incluso para andar por la calle, el día 1 de Mayo, me encontré de frente con una manifestación de franceses, de los blancos quiero decir, representando a la extrema derecha francesa, portando banderas tricolores y cantando la marsellesa. Pero no había plan “b”, todo el mundo pasaba por la piedra sin excepción, pues en aquel infierno turístico no existía escapatoria posible.

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Ultranacionalistas liándola un rato el 1 de Mayo

No era factible eludir aquella situación tan abrumadora, inclusive angustiosa, cuando la misma ciudad de París ya merecía recibir esos mismos adjetivos. Con un área metropolitana, la más grande de Europa, que congrega más de doce millones de habitantes, casi un 20% de la población de Francia, París es un claro ejemplo de metrópoli. Tendrán sus cosas buenas, estos sobredimensionados núcleos urbanos, pero a mí principalmente me parecen un nido de ratas, donde acuden y proliferan todas las vilezas que el corazón humano es capaz de esconder. En cada calle, en cada rincón, en el metro y en las plazas se veía: pobreza, inseguridad, esclavitud laboral más o menos encubierta, contaminación, tráfico tan enloquecido como locos se vuelven muchos de los habitantes que pueblan las calles, que duermen en ellas. Vagabundos, drogadictos, prostitutas, ladrones. Precios desmesurados ante la demanda de una inmigración descontrolada que acude en busca de una vida mejor, pero solo encuentra un mundo tan competitivo que elimina progresivamente la bondad natural del corazón, dejando al aire solamente el puro instinto de supervivencia. Tú o yo. Igual que en China.

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Un vagabundo, visiblemente drogado, se tumba sobre una reja de alcantarillado por donde sale aire caliente.
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Tráfico a la orilla del Sena.

París me pareció un lugar salvaje que en muchos momentos se asimilaba más al tercer mundo que al país de la Liberté, Égalité, Fraternité. El mugriento sistema de metro era una jungla donde las personas mayores, los desvalidos o los infantes no eran bienvenidos, con cientos de escaleras por doquier y unas prácticamente inexistentes infraestructuras de accesibilidad. Mis padres sufrieron moviéndose por allí, advirtiendo acertadamente que apenas se veía gente de su edad. En una ocasión, en la línea 1 que paraba en el Louvre, las puertas del metro -dobles, una de seguridad y la propia de vagón de tren- se cerraban tan deprisa que me atraparon sin compasión, siendo rescatado por otros pasajeros de entre las hojas metálicas que me aprisionaban, dejando a mis padres detrás, asustados, hasta que regresé en otro tren tras dar la vuelta en la siguiente estación. Al regresar, amedrentados ante aquella velocidad inhumana, dejamos pasar varios trenes hasta que en uno advertimos un amplio hueco y nos tiramos a él como el que huye del fuego, con verdadero terror. Sin embargo, una mujer junto con un niño de corta edad que iba agarrado de su mano quedaron atrapados en el espacio vacío entre ambas puertas, ni dentro ni fuera del tren, mientras proferían gritos de pánico ante lo que veían como la proximidad de su muerte. Cierto es que si el tren hubiera dicho a andar, no me quiero imaginar qué hubiera pasado. El metro, menudo estrés, menuda máquina de modernidad desquiciada. Creo que fue la primera vez que dije que odiaría vivir en París. La primera de muchas.

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En los Campos de Marte, disfrutando del sol y las vistas en compañía de ciento y la madre.

Aunque no todo era negativo en esta manera de abrumar que tenía la ciudad de las luces: sus monumentos eran algo colosal tanto por tamaño como por abundancia. Era difícil caminar quinientos metros sin encontrarse con una estatua, un obelisco, un edificio centenario, una iglesia del siglo catapún, un museo, una plaza infinita o un parque inmenso.

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Los inconmensurables Jardines de Versalles, ¡cuánto verdor!
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Visión de los Campos de Marte y, al fondo, la Torre Montparnasse.

De la Torre Eiffel, tras más de una hora de espera para subir, y la dificultad para encontrar un servicio público, no tengo más que recuerdos de grandiosidad. Esas vistas, en un día claro, desde las alturas de aquella delgada columna de hierro que desde lejos parece poco más que un alfiler, eran tan impactantes que hasta el vértigo desaparecía. Ni el miedo salía de su asombro para molestarte con injerencias relativas a la altura.

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Tres filas de personas aguardaban su turno, cada una en un pilar distinto de los cuatro de la Torre Eiffel. Tras una hora de espera, por fin llegábamos…

Del Museo del Louvre quedé abrumado por su variedad, por su excesiva riqueza, que adaptaba los umbrales de excitación de tal manera que uno ya era incapaz de apreciar la belleza de nada. De hecho, me daba la sensación de que para la mayoría de los visitantes lo único digno de ser admirado era la Gioconda, que aglutinaba una encarnizada lucha de cámaras y flashes delante suya. De tal modo que era la única obra de todo el museo protegida por un cristal intuyo que antibalas, y por dos empleados a tiempo completo que vigilaban en tinglado y hacían fluir a las masas excitadas. Una puta locura. Como locura era esperar dos horas para poder entrar, y el numeroso gentío que circulaba fotografiándolo todo, absolutamente todo, varias veces incluso, como si acaso alguna vez fuesen a ver todas aquellas fotografías.

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PElearte por hacerle una foto cutre a la Gioconda, cuando en internet existen versiones con una definición que supera la realidad…
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De vez en cuando sacaban gente del centro de la muchedumbre para dejar paso a los demás
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No es que me acercase, es que puse el zoom

En los jardines del Palacio de Luxemburgo la inmensidad verde se veía parcheada por la multitud de turistas extranjeros y de franceses, que acudían a pasar el fin de semana soleado a uno de los pocos lugares gratuitos de renombre que ofrece la ciudad. Así, aquello perdía todo el encanto y más que relajar, agobiaba.

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Una pena que esté prohibido beber alcohol, porque sería un sitio cojonudo para un botellón. De hecho, es lo que parece.
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Una mijilla de gente en los Jardines de Luxemburgo.

En el Palacio de Versalles, ingenuo de mí que pensaba que por estar lejos reuniría menos cantidad de personas, aquel día se estropearon las máquinas de emitir entradas. La cola para los tickets llegaba a la hora, y la que se formaba posteriormente para entrar en las instalaciones, dos horas más. Menos mal que íbamos varios y nos pudimos repartir entre ambas. En ocasiones costaba moverse por el interior del Palacio de tanta gente que había, y principalmente en las que eran las habitaciones del rey y la reina, con sus pomposas camas de estilos rimbombantes, donde se ve que el gentío sentía deseos de detenerse a imaginar las orgías que allí se corrían los ricachones de turno. Tras ver tanto desmán en forma de riqueza ostentativa, no le extraña a nadie que les cortasen la cabeza y se instaurase la república.

 

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2 pensamientos en “Abrumado en París”

  1. Me paso lo mismo a mi cuando estuve en 2012 y eso que fui en noviembre, ojo, con un frio de cojones, vi muchísima pobreza y mucha masificiscion, lo vi todo igual que tu, creo que es un destino muy caro y algo sobrevalorado. Obviamente, viajar a paris con pastizal para gastar es mucho más. Cómodo que ir a lo barato cómo fuimos nosotros, volveré algún día, seguro, pero con calor y en temporada baja. Abrazos!

    1. Pues sí, con un pastizar hay ciertos destinos que se disfrutan mucho más. París tiene lugares únicos, pero no todo el mundo va buscando tampoco el mismo tipo de lugares. Yo me lo paso mejor en el campo y en los pueblos. No sé yo si en París llegará a haber nunca temporada baja… menos aún si hace buen tiempo, ¡pero ya me contarás! Un saludo 😉

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