Capadocia bajo cero

En las calles no se movía ni un alma, pues la temperatura de varios grados bajo cero recluía a los habitantes en sus hogares. Tuve la suerte de poder llamar al hostal unas horas antes, advirtiéndoles de que me retrasaría hasta cerca de la media noche, tras unas catorce horas de tránsito desde que partí por la mañana con destino Göreme.

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Göreme es una mezcla de piedras, casas, y piedras convertidas en casas

Cuando por fin encontré el hostal -una casa enorme de varias plantas, con piscina y jardín, sin ningún edificio adyacente pero en mitad del pueblo-, aún tenía la puerta abierta. Un hombre bajito y moreno estaba medio dormido sentado en la amplia recepción, caldeada sobremanera por 24 horas de calefacción, aguardando expresamente mi llegada. Tomó los datos de mi pasaporte y me ofreció los diferentes precios de habitaciones de que disponían. La más barata, aseveré yo sin dudar. 12,5 liras turcas, poco más de cuatro euros. Me advirtió de que haría frío allí, preguntándome a continuación si llevaba saco de dormir, que efectivamente portaba conmigo.

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Algunas son vetustos refugios que llevan siglos sin ser habitados
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Otros tienen ventanas, parabólicas para la televisión, aire acondicionado, y algunos incluso han sido convertidos en hoteles

Subimos tres plantas y salimos a la azotea, recibiendo una bofetada de frío una vez más. Allí habían construido un techado de madera con amplios ventanales. De hecho, todo eran ventanales, no existían las paredes, y únicamente un fino madero servía de espacio de separación entre ventanal y ventanal, cada una con varios metros de anchura. De este modo, y siendo como eran ventanas simples, corrientes y molientes, el frío campaba a sus anchas, y en el interior de aquel amplio recinto hacía la misma temperatura que en el exterior. Solamente aislaba del viento, que ya era bastante.

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Vistas desde la azotea de mi hostal. Al fondo se aprecia uno de los valles de Capadocia

Al encender las luces aparecieron veintidós colchonetas de unos quince centímetros de grosor, yaciendo esparcidas a intervalos regulares sobre el suelo, a lo largo de las cuatro paredes del recinto. Cuál no fue mi sorpresa al ver que todas sin excepción carecían de ocupantes. Aparentemente era el único que se atrevía a dormir allí, pero el precio de cuatro euros por noche -pensaba permanecer allí cinco noches-, se me antojó un dulce imposible de rechazar. Como al día siguiente supe, yo era el único habitante de todo el hotel: viva la temporada baja. El hombre que me atendió y su mujer regentaban el alojamiento, en el que vivían junto con sus dos niños pequeños, uno con seis y otro de poco más de un año. El más pequeño de ellos debía tener algún problema respiratorio tipo asma, pues cuando respiraba hacía un ruido angustioso que daba la impresión de ser asfixia, y me recordaba de algún modo al ruido que hacen los patitos de goma cuando se llenan de aire tras haberlos apretado. Por otro lado, el niño lloraba como un descosido, daba por culo el 95% del tiempo, aquel niño, haciendo una tortura los ratos de desayuno o cena, y no quedándome más remedio que subir a mi helado recinto superior a meterme en la cama en busca de paz.

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Colchonetas y mantas… ¡todas para mí!

Digo la cama por llamarla de una benévola manera, pues aquello era una simple colchoneta y algunas viejas mantas raídas. Por fortuna, al estar yo solo en aquel amplio habitáculo durante las cinco noches que permanecí en la estancia, disponía de las veintidós mantas para mi uso y disfrute. Usé tres, extendidas sobre mi fino saco de dormir. Así, tapado hasta las orejas, aguardaba la salida del sol bajo mi pesado manto de lana, mucho más calentito de lo que cabía esperar de alguien que dormía prácticamente a la intemperie cuando la temperatura exterior rozaba los diez grados bajo cero.

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Una buena manera de luchar contra el frío glacial de la región
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