Prueba de hielo

“¿Dar media vuelta? Jamás. Avancé con mis zapatos puestos por el borde blanquecino, intentando pisar en las cada vez más escasas partes de tierra marrón que salpicaban el suelo aquí y allá, hasta que los guardas de seguridad me silbaron desde lejos llamándome la atención sobre mi ilegal actitud. Sin más remedio, me despojé de mis desgastados zapatos de trekking y me abalancé sobre las aguas heladas con la única protección de los calcetines”.

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Acercándome a la blancura. No es nieve, sino piedra caliza de un blanco impoluto

La noche anterior había nevado, y aquella mañana la meteorología se debatía entre nubes, nieve e intervalos de sol. No obstante, aunque la estrella brillase, no lo hacía con intensidad suficiente como para calentar nada ni a nadie, y el termómetro apenas subía de los cero grados. Así subí a las terrazas calizas de Pamukkale, que van camino de Hierápolis, ambos lugares con amplia historia, Patrimonio Mundial Unesco, y destinos tremendamente turísticos. Aunque en invierno, menos. Aproximándome al parque divisé las oficinas de venta de entradas y pagué religiosamente -antes eché un vistazo y deduje que era imposible colarse sin ser visto-, entrando en un terreno que avanzaba hacia el blanco impoluto por donde fluían límpidas aguas azules.

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Ésta es la subida que me esperaba, vista desde otro punto más elevado, varias horas después

No había prácticamente nadie en aquella zona, exceptuando un par de chicos coreanos y una chica taiwanesa que llegó al rato. Allí terminamos todos parados, frente a las primeras acumulaciones de agua y los primeros cúmulos blancos calcificados. Se veían señales de prohibido pisar con zapatos por sobre aquella delicada blancura. El problema, sorpresa para mí, es que las aguas no eran termales como yo esperaba, sino que estaban frías como el hielo: imposible caminar por allí sin zapatos.

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El suelo estaba formado por pequeñas estrías sobre las que no era sencillo andar descalzo sin dolor

Estaba seguro de que existiría otra manera de subir hasta la parte superior de aquella colina, donde se encontrarían las ruinas de la antigua ciudad romana de Hierápolis, que era un balneario de la época, donde la gente pudiente se acercaba a darse sus baños en aguas termales y a disfrutar de la buena vida, que de eso siempre ha habido para algunos. Allá arriba se divisaban cabezas, muchas, por lo que estaba seguro de que el camino escogido por mí no era el más indicado.

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Cada vez que el sol brillaba, el blanco refractaba la luz prácticamente cegando al personal

¿Dar media vuelta? Jamás. Avancé con mis zapatos puestos por el borde blanquecino, intentando pisar en las cada vez más escasas partes de tierra marrón que salpicaban el suelo aquí y allá, hasta que los guardas de seguridad me silbaron desde lejos llamándome la atención sobre mi ilegal actitud. Sin más remedio, me despojé de mis desgastados zapatos de trekking y me abalancé sobre las aguas heladas con la única protección de los calcetines.

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Al agua patos. Hice la foto en un pequeño descanso antes de introducirme en otro charco helado… sufriendo
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Los curiosos pies de una chica india. Ella descendió desde la cumbre, evitando el agua helada.

Como alfileres clavándose por cada poro de mi piel era el dolor que sentí al cabo de unos segundos, caminando tan rápido como podía hasta alcanzar nuevamente tierra seca, con los pies ya insensibilizados, y procurando principalmente no resbalar y pegarme una buena hostia. Para mi sorpresa, cuando por fin puse pies en el otro lado del primer charco, pude observar que detrás mía, primero la taiwanesa y después los coreanos, habían decidido seguir mis pasos. Insensatos. La chica gritaba de dolor como si estuvieran desgarrándola por dentro, con los pies desnudos sobre la roca y las aguas.

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Pese a su dolor, como buena china que es, paró para hacer la señal de victoria con los dedos mientras le hacía una foto

Empezó a nevar suave y momentáneamente. Aún quedaban cientos de metros y decenas de charcas que sobrepasar antes de llegar a la cima, y dudé por completo de la sensatez de que aquello en lo que me había metido. Me agarré los testículos con ambas manos y salté al siguiente charco, sufriendo un dolor similar al anterior con el añadido del miedo a sufrir hipotermia o cualquier otro efecto secundario de aquel frío tan espantoso. Caminé tan rápido como pude, exhalando bufidos de mis entrañas, apretando los dientes y poniendo toda mi fuerza mental en superar aquel trance.

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Por la parte derecha fue por donde ascendí
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El agua iba pasando de las piscinas superiores a las inferiores, enfriándose el agua progresivamente en el proceso

Al cruzar a la otra orilla observé con alegría que una vereda blanca que subía hasta la cima se abría al lado izquierdo de las piscinas blancas, quedando al otro lado un barranco que caía varias decenas de metros hacia abajo. Me desprendí inmediatamente de mis calcetines helados y me sequé los pies con el pañuelo iraní que portaba al cuello, frotándolos suavemente tal y como había visto hacer en películas, haciéndolos entrar en calor lenta pero progresivamente. El dolor cesó y me sentí verdaderamente feliz y relajado, más aún cuando me enfundé los calcetines secos que sabiamente había metido en la mochila aquella misma mañana.

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Por fin con calcetines secos y pies calientes, disfrutando del paisaje
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Más arriba el agua tomaba colores y temperaturas de ensueño

Cuando llegaron los dos chicos y la chica mostraban un aspecto un tanto peor que el mío, pues venían sin calcetines, dejando ver el color poco natural al que habían tornado sus extremidades. Les dije que se secaran rápidamente y que entrasen en calor y se pusieran los calcetines, porque los muy insensatos parecían no tomar ninguna iniciativa de recuperación pese a que no paraban de quejarse del dolor y tiritar, mientras se reían nerviosamente.

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Blancura total. No sé qué detergente usarían
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A unos metros se aprecian las primeras humaredas de agua caliente

Unos pocos metros más arriba me di cuenta de cómo las aguas desprendían humaredas, y comprendí que ya estaba aproximándome a las aguas termales, que sí que estaban allí, pero que debido al frío reinante las aguas iban enfriándose progresivamente al descender. Cuando por fin encontré la primera charca con agua templada, me quité mis calcetines nuevamente e introduje los pinreles en remojo. Ahora sí que estaban entrando en calor, de verdad. El resto del día, después de aquello, fue ciertamente como la seda.

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Uno de los coreanos se mete en el agua caliente y sufre dolores por la descongelación de sus pies

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