La gran obra final

“[…] es el edificio administrativo más caro del mundo, unos cuatro mil millones de USD. Y a día de hoy aún no está completo del todo. Una burrada del desquiciado Ceauşescu, que se fue al paredón sin haberlo visto terminado. Llegó el momento en el que el pueblo se hartó de sus desmanes y comenzó una revolución”.

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Frente al Palacio del Parlamento, o Palacio del Pueblo, en Bucarest.

Bucarest fue desarrollada como ciudad importante a partir de que “Drácula” –del que ya hablaré más adelante-, construyera en 1459 un palacio y una ciudadela. Se trata de una capital reciente, donde los pocos restos de antigüedad fueron arrasados durante las sucesivas guerras –bombardeo aliado, y luego nazi, durante la Segunda Guerra Mundial incluidos-, y terremotos. Por tanto, son los hechos acaecidos durante el último siglo los que se llevan todo el protagonismo en la actual Bucarest. El comunismo, mantenido por la larga dictadura de Nicolae Ceauşescu, que duró desde 1967 hasta que lo ejecutaron el día de Navidad de 1989, dejó los mejores regalos arquitectónicos –benditos tiranos-, destacando entre todos ellos el Palacio del Parlamento.

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Mi primera visión del Palacio, desde la plaza Unirii, me hizo pensar que no era para tanto.

Desde lejos, a 900 metros desde la plaza Unirii, no impresiona demasiado: solo parece un edificio europeo de mármol, con muchas ventanas en arco, pero ni tan enorme ni tan distinguido. A medida que te acercas la percepción va cambiando. Aparece otro piso inferior, la base, mucho más ancho, con columnas; también se distingue una amplia terraza para dar discursos, y uno se da cuenta que las ventanas son gigantescas y exageradamente detalladas y numerosas. Por su parte norte se entra al sótano, donde unos detectores de metales manejados por la policía permiten el paso a los visitantes. Hay que dejar el pasaporte allí en la entrada, a cambio de una acreditación de visitante que hay que colgarse en el pecho. También hay que pagar, aunque en mi caso aduje ser estudiante, presentando mi carné universitario chino que hacía ya más de dos años que no tenía validez. Me cobraron la mitad, 3 euros.

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A medida que uno se acerca, la percepción cambia.
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Infinidad de ventanas. Me preguntaba qué o quién habría detrás de ellas, y poco después pude comprobar que detrás de la mayoría no había absolutamente nada.

La visita se hace obligatoriamente junto a un grupo de personas, con un guía, en mi caso una muchacha que evidentemente había estudiado inglés en el extranjero. Se le notaba que procuraba ser políticamente correcta y no pronunciar palabras contra el dictador o el gobierno, intentando agradar, tanto que no dijo nada cuando empecé a tomar vídeos y fotos sin haber pagado la ridícula tasa de 7 euros que había que pagar en la entrada.

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Algunos interiores eran realmente sombríos, pues ninguna de sus ventanas daba a la calle.
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Uno de los salones principales, la cámara de los diputados. La araña del techo tiene 5 toneladas de cristal, casi nada.

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Techos altos, habitaciones inmensamente amplias, frías y vacías. La única decoración eran infinitas alfombras, cortinas, alguna que otra escultura, pintura o enorme lámpara. No había calefacción en el edificio, por lo que en invierno realizaban las reuniones en unas salas de menor tamaño, recubiertas con madera en lugar de mármol. El helado mármol, cuyo blanco dominaba todo el interior, resultaba poco acogedor. Aquí y allá se veían detalles de decoración en escaleras, suelos o puertas, pero en general el edificio tenía un estilo austero y desalmado: gran parte del mismo estaba vacío y en desuso desde hacía décadas.

Curiosa fue la anécdota contada por la guía de que en nochevieja se celebra una fiesta allí, pública, de unos 25€ de entrada. También es curiosa la anécdota de la primera persona que salió al balcón -no fue Nicolae Ceauşescu, sino ¡Michael Jackson! Y cuando lo hizo saludó al público que lo esperaba abajo diciendo: ¡hola, Budapest! -Budapest está en Hungría, Bucarest en Rumanía, y se cabrearán como te confundas. Desde allí, en aquella terraza, las vistas del Bulevard Unirii eran increíbles.

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El balcón desde donde Michael Jackson la cagó diciendo Budapest en lugar de Bucarest.
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Algunos rumanos que iban en el grupo se acercaron a la baranda. Por un momento me los imaginé como si fueran Ceauşescu y su séquito.
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Nicolae Ceauşescu se hace un autoretrato en el balcón.

Este palacio atesora muchos records. Es el edificio administrativo de uso no militar con mayor superficie del mundo. El Pentágono es el único edificio administrativo que le supera. También posee el record de ser el edificio más pesado del mundo, gracias en parte a las 700.000 toneladas de acero y bronce empleadas en su construcción, o al millón de metros cúbicos de mármol, que ya es mármol. Por si fuera poco, toda la materia prima salió de Rumanía, así como la mano de obra, los arquitectos, y los objetos decorativos como cristales, lámparas, maderas o alfombras, pues el dictador quería que el edificio naciera completamente rumano. Manías de dictadores comunistas. Bate records igualmente respecto al precio: es el edificio administrativo más caro del mundo, unos cuatro mil millones de USD. Y a día de hoy aún no está completo del todo. Una burrada del desquiciado Ceauşescu, que se fue al paredón sin haberlo visto terminado. Llegó el momento en el que el pueblo se hartó de sus desmanes y comenzó una revolución. En cierto modo, esta “gran obra” contribuyó a finiquitar con su hipotética gloria presidencial.

Ocurrió tras muchos años de represión policial violenta y asesina. Se crearon campos de trabajos forzados, se eliminó la libertad de prensa, se prohibió escribir o leer textos no autorizados, se hizo pasar hambre a la población porque se empleó la producción agrícola para pagar la deuda externa. Se creó una policía secreta, la “Securitate”, que pinchaba miles de teléfonos, colocaba a la gente en la lista negra, amenazando y torturando sistemáticamente. Creció así un estado de paranoia en el que nadie se fiaba de nadie, y todo el mundo malvivía con miedo constante. Hasta que, 25 años después, durante un discurso que el dictador profería desde un balcón, parte de los manifestantes empezaron a gritarle “asesino”. Continuaron los gritos contra su persona interrumpiendo el discurso durante un buen rato, mientras el dictador llamaba a la calma, a permanecer en silencio.

Su mujer, Elena, una mala arpía que probablemente fuese aún peor que el propio Ceauşescu, ordenaba “¡silencio!” incesantemente, a la par que dirigía a su marido sobre lo que tenía que hacer o decir. Curiosamente, en ese mismo discurso, que fue el último que el sátrapa ofreció en público, decidió no sé si de forma improvisada ante los gritos de protesta, o porque realmente así lo había decidido con su cúpula de mando aquella misma mañana, que iba a subir el salario mínimo de 2.000 a 2.200 lei, así como las pensiones de 800 a 900 lei, ayudas por niño entre 30 y 50 lei, y otros tantos aumentos más. Llegarían demasiado tarde, porque con ellos no consiguió comprar a nadie, aparentemente.

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El pequeño balcón donde Nicolae Ceauşescu profirió su último discurso.

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Pudo seguir el hombre su discurso, pero poco después, cuando se marchó del balcón, la gente se repartió por las calles y plazas de Bucarest y siguió protestando enérgicamente. Se había propagado la revolución. Esa noche hubo barricadas, y más de mil manifestantes murieron a manos de la violenta policía y el ejército. No obstante, a la mañana siguiente volvieron a reunirse miles de personas en las calles. Ceauşescu intervino nuevamente en el mismo balcón que el día anterior, pero esta vez las aguas estaban aún más bravas y hubo de huir en helicóptero de la capital. Ese fue su final. Siguió una rocambolesca historia en el que el helicóptero aterrizaba en mitad del trayecto, una huída en automóvil, escondiéndose en una fábrica y siendo arrestado por la policía junto a su mujer. Tres días después, el 25, por Navidad, fueron juzgados en unos minutos y culpados de genocidio, entre otros, y posteriormente ajusticiados con AK-47 y muchas balas. Una vez fusilados a ráfagas, y emitidas las imágenes de sus cadáveres por televisión, las cosas empezaron a calmarse.

Después se supo que todo había estado orquestado por dirigentes de segunda línea del mismo Partido Comunista al que pertenecía Nicolae, y que posteriormente formaron un nuevo partido con diferente nombre pero con las mismas políticas, cambiando el collar pero no el perro que dirigía Rumanía. Así, con líderes comunistas, estuvieron hasta 2004. Ahora los rumanos se lo toman todo un poco a broma, se ríen de los desmanes comunistas, de sus esculturas, de la monstruosidad de su Parlamento, y de los lamentables gobernantes que los han dirigido. Una mentalidad muy latina, que para eso se consideran descendientes de los romanos, pese a que éstos estuvieran por Rumanía “sólo” durante 175 años, más o menos desde el año 102 d.C. hasta el 271 d.C. El caso es que dejaron el latín en su lengua, y los rumanos se sienten sinceramente orgullosos de su, escasa, descendencia genética romana. Un tanto ridículo, como la escultura del emperador Trajano cargando en brazos a la loba de roma, que es una de las esculturas más feas del mundo y motivo de polémica entre los propios ciudadanos de Bucarest.

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Este simpático muchacho rumano ridiculizaba las formas de la escultura, y no le faltaba razón.
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¿Qué es eso que sale por la izquierda, por qué las manos no tocan a la loba, por qué ésta tiene las patas como si estuviera en el suelo pero está volando, qué clase de improvisación fue esa?
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