Sarajevo, sombras de guerra

“[…] las fachadas de una multitud de edificios conservaban aún las cicatrices de la metralla de los bombardeos y los proyectiles de los tiroteos. Agujeros de diferentes formas, direcciones y tamaños que salpicaban, en solitario o en tropel, las paredes externas de las viviendas. Y eso que la guerra había acabado hacía 18 años”.

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Sarajevo

Desde el puente donde asesinaron al archiduque Franz Ferdinand, lo cual dio el pistoletazo de salida a la Primera Guerra Mundial y, por ende, desencadenó una multitud de conflictos que azotaron Europa durante el siglo XX, no era necesario andar demasiado para reconocer los vestigios del Sitio de Sarajevo. Solo un par de calles más allá, y en derredor, las fachadas de una multitud de edificios conservaban aún las cicatrices de la metralla de los bombardeos y los proyectiles de los tiroteos. Agujeros de diferentes formas, direcciones y tamaños que salpicaban, en solitario o en tropel, las paredes externas de las viviendas. Y eso que la guerra había acabado hacía 18 años. ¨El gobierno no quiere pagar los arreglos, y la gente ni quiere ni tiene dinero para hacerlo, así que ahí siguen…¨, escuché decir.

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Alguno agujeros habían sido reparados de manera chapucera, y aún se notaban sus huellas.

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Manchas rojas en diversas zonas de la ciudad marcan los lugares donde cayeron granadas y hubo víctimas mortales.

Sarajevo fue sometida a un durísimo asedio que duró más de tres años, en el que murieron miles de sus habitantes. Igual que en Belgrado, parecía no haber demasiado interés en borrar los rastros de aquella guerra, como si la intención última fuera que la gente no se olvidase del todo de lo que pasó. Por un lado esto era bueno, porque hay que conocer la Historia para no volver a repetirla; pero por otro, se corre el riesgo de reavivar los odios étnicos que asolaron los países balcánicos hace tan solo dos décadas. Tampoco pensemos que la gente está con la guerra y el ansia de venganza todo el día en la cabeza: las mayoría de las personas solo quieren olvidar, continuar su vida y buscar la felicidad. Como símbolo de esto, me llevé la botella vacía de una cerveza Sarajevo de recuerdo, para recordar que hasta en las peores circunstancias siempre se puede buscar algo con lo que disfrutar: la producción en la cervecería de Sarajevo no se paralizó ni siquiera durante los acuciantes años del asedio.

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Sentí una enorme felicidad cuando me bebi esta cerveza, y por eso me la llevé de recuerdo.
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Encontré comida con influencias griegas en ésta zona, y también en Albania. El consumo de carne en la dieta es considerable.
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Burek, uno de los alimento más típicos en los Balcanes. Éste, relleno de queso y espinacas.

El puente era un lugar de una trascendencia histórica destacable, pero sin embargo, una vez allí, parecía un simple puente más. Seguramente reconstruido tras el asedio de Sarajevo, lucía un muro de piedra a ambos lados del mismo, y no destacaba por ser especialmente bonito, ni antiguo, ni especial en ningún sentido visual. En su día hubo junto al puente un pequeño monumento conmemorativo a Gavrilo Princip, el terrorista o héroe, según quién lo cuente, que asesinó al archiduque austro-húngaro. Al menos de eso todo el mundo está de acuerdo. Pero ya no había nada allí que lo recordase. ¿Por qué? Pues porque el asesino era serbio, quería Bosnia-Herzegovina para Serbia, y después de la guerra… en Sarajevo no querían ver a los serbios ni a Serbia por ninguna parte. Al otro lado de la calle, frente al puente, unas fotos y unos carteles explicativos contaban la historia de lo allí acaecido, de forma sutil, esquiva, dedicada a la floreciente industria turística pero sin llegar a incomodar demasiado a los habitantes sarajevos musulmanes.

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El famoso puente de Sarajevo donde se inició la Primera Guerra Mundial
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El puente había sido renovado con esos pasamanos de metal y esos bloques de cemento en los laterales, pero seguía teniendo encanto.
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“Gavrilo Princip estaba sobre este lugar en el momento del asesinato. El artista Vojo Dimitrijevic colocó este memorial dedicado a Gavrilo Princip con la huella de sus zapatos marcada sobre el cemento, en 1951. Las huellas se borraron alrededor de 1992”. Curiosamente, cuando empezó la guerra.
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“Sarajevo, encuentro entre culturas”, entre Este y Oeste, según reza el pavimento en el casco viejo de Sarajevo. En esta ciudad, punto de encuentro entre culturas, se han librado multitud de guerras.

En el casco antiguo los bares y restaurantes se mezclaban con las tiendas, principalmente de souvenirs, la catedral católica, otra ortodoxa, una sinagoga y un par de mezquitas. Increíble mezcla condensada en unos pocos cientos de metros, que habla de la riqueza étnica que en aquella región hubo, pero que el fervor de la guerra hizo menguar hasta casi desaparecer. La gran mayoría de personas que por allí quedaban eran musulmanas.

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Una gran Iglesia Católica en el casco viejo.
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Monjas, de visita turística por la ciudad.
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La Mezquita Gazi-Husrevbey.

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La torre del reloj. Este tipo de torres era frecuente entre los otomanos, y se empleaba para respetar las horas del rezo. La hora ha de ser ajustada a diario, pues se basa en la hora lunar, siendo las 12:00 cuando se pone el sol.
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La sinagoga. Aquí huyeron muchos judíos sefardíes expulsados de España en 1492. La mayoría de los judíos huyeron o fueron asesinados por los nazis durante la II Guerra Mundial.
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Más mezquitas, y una bonita fuente de madera y piedra llamada Sebilj.
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La fuente de noche.
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La fuente está situada en la conocida como “plaza de las palomas”. Queda claro por qué.

De hecho, mucho turista musulmán se acercaba a Sarajevo, como pude comprobar paseando frente a la mezquita o al subir a lo alto del monte desde cuya fortaleza se domina gran parte de la ciudad. Al llegar allí arriba, donde se abría una amplia plataforma con excelsas vistas de la zona vieja y el resto de la ciudad, me encontré con tres árabes jóvenes. Uno de ellos, alto, bien vestido, con prominente barba, empezó a cantar en árabe mientras uno de sus amigos le grababa, con Sarajevo de fondo. Me resultó que cantaba bien, y comencé a grabar yo también.

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Turistas musulmanes llegados de países menos abiertos que Bosnia.

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Mucha gente acudía al mirador para hacerse fotos.

El hermano del cantante, que estaba grabándolo en vídeo, no tardó ni un segundo en hacerme conversación. Me preguntaba si me gustaba lo que cantaba, aseverando que su hermano era un cantante famoso en Arabia Saudí, hasta el punto de que llegaba a unos cuatro mil “me gusta” en Instagram a poco que subía una foto. Le pregunté si era el Corán lo que estaba cantando, a lo cual contestó que no, pero diciéndole unas palabras en árabe al pájaro cantor, éste empezó ahora sí a recitar el Corán melódicamente. Una vez terminó, me preguntaron si era musulmán, lo cual negué, y comenzamos una conversación sobre los países musulmanes y la impresión negativa que teníamos de ellos en occidente. Me quisieron invitar a tomar té y, en unas mesas adyacentes, situadas en el mismo mirador, nos sentamos.

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La ciudad bajo el mirador.
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Varias mezquitas, la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa, todas se ven en esta foto.
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El río y la famosa Biblioteca de Sarajevo, reconstruida tras ser incendiada en la guerra, a la derecha.
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Fachada de la susodicha Biblioteca de Sarajevo.

Allí hablamos de lo que había acontecido en Sarajevo años antes, de cómo no siempre eran los musulmanes los malvados, sino que a veces también eran las víctimas de los cristianos. Apoyé sus conclusiones, pues eran obvias, y contentos con ello me invitaron a ir a  Arabia Saudí. Incluso uno de ellos me dio su número de teléfono para que no encontrásemos, pues vivía en Mostar, a donde me dirigiría esa misma tarde. Me sugirieron hasta en tres ocasiones que me convirtiera al islam, y que convirtiese a mi novia también, como si aquello fuese lo más natural del mundo. Yo sonreía y, sin la menor intención de darles gusto, aclaraba que al menos no creía en ninguna religión y eso ya era un paso para poder escoger con más facilidad. Pagaron el té, les di las gracias, y me marché por donde había venido, colina abajo. Me dijeron el nombre del cantante para que lo buscase en youtube, pero no pude encontrarlo: se llamaba Fahan Matar.

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Fahan Matar cantando.

Descendí bordeando otra vez el cementerio de lápidas blancas, en forma de obeliscos de diferentes alturas culminados en diferentes diseños, dependiendo de la secta o la etnia, según entendí. En especial me llamaron la atención unos pocos que tenían una especie de turbante tallado en la piedra, y que me hicieron pensar que serían derviches. La grandísima mayoría de los epitafios indicaban muertes acaecidas entre los años 1992 y 1995, durante la guerra, y que fueron enterrados allí mismo. Ante de eso, aquello era un simple parque.

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Sarajevo, rodeada de montañas desde donde las tropas serbias acechaban y emplazaban sus piezas de artillería para bombardear la ciudad.
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El cementerio

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Sehid Karic y Mustafa Esad, 1961-1992.
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Lápida con forma de turbante al estilo derviche.

También visité una exposición fotográfica y cinematográfica sobre la masacre de Srebrenica. Un par de documentales en inglés ofrecían imágenes reales de los que allí ocurrió, destapando el odio de los militares serbios, que se dirigían llenos de orgullo y sed de venganza –proveniente de asesinatos previos de civiles serbios a manos de militares bosnios musulmanes- a aniquilar a tantos musulmanes como pudieran; y el miedo, la incomprensión e indefensión de todos aquellos que fueron marcados para siempre. Los varones, ancianos o niños, asesinados; las mujeres, separadas de sus seres queridos, angustiadas durante el resto de su vida por el destino desconocido de muchos de ellos. Más de 8.000 muertos. A día de hoy aún se siguen buscando y encontrando cadáveres, que son analizados y finalmente enterrados. Un dato llamativo de aquel genocidio es que ocurrió a los ojos de tropas de la ONU, pues tropas holandesas estaban destinadas en aquel lugar para, supuestamente, proteger la zona.

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Imágenes de la exhibición sobre Srebrenica. En el centro, la foto de una mano que había sido punzada para extraer sangre y analizar restos de ADN en busca de coincidencias. Buscando familiares.
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Análisis e identificación de cadáveres en los alrededores de Srebrenica.

Por qué no salvaron a los civiles tiene muchas explicaciones posibles. Una de ellas es que 400 soldados no podían proteger a varias decenas de miles de civiles frente a un ejército mejor armado y superior en número, como era el serbio. Otra explicación posible que argumentan algunos es que los ejércitos de la OTAN tenían más en común con los serbios, a los que favorecían, que con los bosnios. Otra explicación, es que las fuerzas de la OTAN tenían la orden de solo usar las armas en defensa propia, y eso les ataba de manos para entrar en combate en favor de nadie. El caso, a fin de cuentas y por desgracia, es que la masacre ocurrió. Unos carteles me llamaron poderosamente la atención en la exposición fotográfica. Se trataba de frases escritas por los soldados holandeses durante su estancia en Srebrenica, aunque analizando la letra pude ver que correspondían casi todos a una misma persona, a algún imbécil de esos que pululan armados hasta los dientes en los ejércitos. Los carteles promulgaban maravillas del tipo: “¿Sin dientes…?, ¿con bigote…?, ¿huele a mierda…? ¡Una chica bosnia!”; o, también, “Mi culo es como un (habitante) local: tiene el mismo olor”. Y otro que se hizo muy popular en toda la zona durante la guerra: “UN: United Nothing”.

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Imágenes de Sarajevo
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Imágenes de Sarajevo
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Imágenes de Sarajevo
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Imágenes de Sarajevo
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Imágenes de Sarajevo. Tiendas de souvenirs.
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Imágenes de Sarajevo
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Imágenes de Sarajevo
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Imágenes de Sarajevo. Comida rápida.
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Imágenes de Sarajevo. Muchos gatos.
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Imágenes de Sarajevo. Muchos gatos.
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Imágenes de Sarajevo. Muchos gatos.
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Sarajevo

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Imágenes de Sarajevo.
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Imágenes de Sarajevo.
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Imágenes de Sarajevo.
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Imágenes de Sarajevo. La estación de autobuses, cuando me marchaba. Peron significa andén.
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