Historias de Dubrovnik

“El acoso me resultó divertido porque aquellas mujeres apenas hablaban una palabra de inglés, y a veces nos entendíamos más diciendo cuatro palabras en italiano, o con gestos. Era difícil desconfiar de aquel grupo de abuelas buscavidas, cuyo aspecto rural contrastaba con la modernidad de aquel destino turístico de masas”.

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La entrada principal a Dubrovnik
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En esta ocasión un par de chavales con atuendos de época guardaban la entrada y servían de modelos para cientos de cámaras. Antiguamente, el puente levadizo de madera se levantaba por las noches para que no se colase nadie en la ciudad.
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Dubrovnik está inundada por grupos de viaje organizado que avanzan ruidosos y lentos, impidiendo en muchas ocasiones el paso. La mayoría de la población turística de la ciudad es mayor de 50 años.
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Pese a ser una de las ciudades más caras que haya visitado, era insoportable el número de turistas. Verdaderamente agobiante.

Cuando uno se baja en la estación de autobuses de Dubrovnik se ve asaltado por un ejército de mujeres jubiladas con fotografías plastificadas de los apartamentos que regentan. El precio estandarizado por aquella mafia era de 20 euros por persona, pero lo normal es que el mínimo sean dos personas por apartamento, así que necesitaba alguien más para compartir. El acoso me resultó divertido porque aquellas mujeres apenas hablaban una palabra de inglés, y a veces nos entendíamos más diciendo cuatro palabras en italiano, o con gestos. Era difícil desconfiar de aquel grupo de abuelas buscavidas, cuyo aspecto rural contrastaba con la modernidad de aquel destino turístico de masas. No abundaban los albergues en la ciudad, y probablemente estarían completos, así que era lo mejor irse con alguna de aquellas viejas hasta poner los pies sobre el terreno.

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La más alta de las torres de la ciudad, con unas increíbles vistas.
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Las vistas, en las que destacaba el color rojizo de las tejas en todos los tejados.
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Las callejuelas estrechas se hacían difíciles de transitar. Principalmente lascolindantes con la calle principal.
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Cuanto más te alejabas, más solo te veías.
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Mucho barco recreativo en el puerto de Dubrovnik.

Una adorable señora de no menos de 70 años, regordeta y con cara de buena gente, intentaba comunicarse con dos coreanos. Los dos habían viajadon en el mismo autobús que yo desde Mostar hasta Dubrovnik, pero la chica coreana ya había reservado habitación en algún hostal mejor ubicado. Así que el coreano andaba buscando lugar donde quedarse, al igual que yo. Intercedí con la abuela para averiguar si era posible que compartiésemos apartamento, y así fue, por 20 euros cada uno.

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La calle principal, llamada Stradun.
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Uno de los característicos tejados de Dubrovnik.

La abuela nos dijo que esperásemos a que vinieran a recogernos, y pasados diez minutos una nueva abuela vecina de la anterior nos recogió en su diminuto Volkswagen Polo antiguo, en el que apenas cupimos los cinco pasajeros -se había unido a nosotros una chica australiana para que la acercásemos al centro-. El chico coreano hablaba bien poco, tanto por no saber inglés como por una evidente falta de apetito conversador.  Se dejaba llevar por mí, ya que no entendía ni media palabra de lo que decía aquella señora.

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Interior de un monasterio franciscano convertido en museo.
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Las casas se encaramaban hacia arriba persiguiendo las murallas. Muchas colinas, y escalones, dentro de la ciudad vieja.
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Este pequeño saliente de piedra era una de las mayores atracciones. El reto consistía en subirse a él y mantenerse de pie lo más pegado posible a la pared. Ningún adulto lo consiguió delante mía, y vi a muchos intentándolo. Hasta que llegó esta niña y su amiga. La edad pesa.

Nos alojó en un apartamento contiguo a su propia casa. Estaba bastante bien equipado, con cocina y salón. Salón en el que dormí yo, dejándole la totalidad de la habitación con cama de matrimonio al coreano. Lo negativo es que era necesario tomar un bus de ida y otro de regreso, al módico precio de dos euros cada viaje, para visitar el casco antiguo. Así mismo, también suponían un problema la infinidad de mosquitos hambrientos que tenían por hogar aquella sombría y húmeda casa de la parte nueva de Dubrovnik. Allí, dentro de aquella habitación, con aquel joven asiático que hablaba tan poco y los mosquitos que jodían tanto, pasé una noche y no más.

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En la entrada de su casa tenían este pequeño cartel: “Apartman”
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Esta es la entrada del pequeño apartamento donde nos quedamos.

Coincidencias del destino, una hora antes, cuando cruzábamos por segunda vez la frontera de Bosnia-Herzegovina para entrar en Croacia -si miráis un mapa de la zona veréis que Bosnia-Herzegovina tiene un apéndice de tierra que se une con el mar y corta en dos la franja marítima de Croacia, dejando a Dubrovnik separada del resto del país-, el autobús paró en un restaurante de carretera para dejarnos picar algo. Los dos coreanos, que se sentaban en la última fila del autobús y justamente al lado mía, prestaron nula atención a los 15 minutos de pausa de los que disponíamos, y se quedaron por el restaurante pululando estúpidamente. De manera que en un momento dado, y con todos los pasajeros menos ellos dos ya dentro del autobús, el conductor cerró las puertas y se puso en marcha.

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La carretera que bordea la costa croata -y Bosnia en cierto trecho-, está plagada de construcciones cercanas al mar.

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¿Quién se apunta a comer en el Salón Tapita Tapisona?

Salí corriendo desde la última fila de asientos hasta la altura del conductor, gritándole que parase. A continuación intenté explicarle que faltaban dos personas, señalando con los dedos, tras lo cual el conductor salió y pocos segundos después regresó mientras los coreanos acudían corriendo detrás suya, subiendo a bordo, sin tener la menor idea de que si no llega a ser por mí se habrían quedado allí varados. Solo una vez que llegamos a Dubrovnik y la vieja nos unió en matrimonio de una noche, les expliqué lo que había ocurrido y me dieron las gracias. Menudos, los asiáticos.

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Muchas iglesias católicas. Croacia es el único país católico de la región.
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En ciertos detalles Dubrovnik se asimila mucho a Venecia.
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Cúpula de la Catedral de la Asunción de la Virgen.
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La plaza frente a la Catedral.
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La torre de una iglesia.

A la mañana siguiente, mientras el coreano aún dormía, agarré mi mochila y me mudé al centro histórico de la ciudad. Dubrovnik es cara como pocas ciudades he visitado antes. Sus precios son comparables a aquellos de la Europa del norte, siendo imposible encontrar alojamiento por debajo de 30 euros/noche en el interior de la ciudad vieja. En una bocacalle estrecha que daba a la avenida principal del casco antiguo, tiene cabida uno de los pocos albergues que existen en la ciudad: Hostel & Room Ana.

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La puerta de la derecha es la del Hostal de Ana.
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A la calle principal, justo aquí, daba la callejuela del hostal.
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Para ahorrarse algunas “kunas” existen restaurantes de comida rápida nada croatas.
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Y bocadillos, que curiosamente tienen una forma muy parecida a los camperos malagueños.

Ana era una mujer juvenil, extremadamente sociable, generosa -la primera noche que hablé con ella, para decirle que al día siguiente me mudaría de la casa de la vieja a su hostal, me invitó a un ron cola-, y dicharachera. Había que subir tres plantas de empinadas escaleras para llegar a la planta superior donde estaban Ana y un cúmulo de extranjeros sentados en los estrechos sofás, bebiendo. Abajo, en las plantas inferiores, algunas habitaciones hacinaban a los viajeros en dormitorios de seis u ocho camas. 30 euros la noche compartiendo ronquidos: una barbaridad. Sobre todo porque era lo mejor que uno podía encontrar cerca del centro histórico, así que me tuve que bajar los pantalones y tragar.

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Subir a la montaña a la espalda de la ciudad vieja es gratis.
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De noche todo se ilumina tomando colores dorados, con el Mediterráneo de fondo, una gran imagen.
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Ese día soplaba el viento con fuerza, estaba nublado y en ocasiones caían unas gotas. Un día triste salvo que te pongas el chubasquero y salgas a la aventura.

Ragusa se llamaba la ciudad desde sus inicios y hasta 1918, cuando cambió de nombre tras el nacimiento de Yugoslavia. Tuvo mucha relación con los italianos, pues formó parte de la República de Venecia durante siglo y medio, de ahí quizá venga la riqueza y el detalle de su arquitectura.

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En su día fue una ciudad aristocrática, sofisticada y de buen vivir, a la sombra de la mar y sus barcos. Fueron unos maestros de la diplomacia y evitaron meterse en todos los embrollos que durante los siglos fueron enredando a sus vecinos balcánicos. Libre de guerras, fue independiente en mayor o menor medida durante casi mil años, lo cual constituye una hazaña en una región tan conflictiva como han sido históricamente la de los Balcanes. Hasta el punto de que incluso se mantuvo a salvo de la invasión otomana, que pasó de largo pues ya de antemano habían pactado con los mismos el pago de los tributos anuales de rigor.

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Pese a no haber entrado en guerra durante casi mil años, las murallas y demás edificios defensivos crecieron alrededor de la ciudad.
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La belleza y el detalle de las fortificaciones es formidable. Quizá porque, al no entrar en guerras, las construían para durar y embellecer. En otros lugares del mundo su finalidad era más práctica y menos decorativa.
Lovrjenac
El bastión de Lovrjenac.
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La parte de la muralla que enfrenta al Mar Mediterráneo.

No pudieron librarse, sin embargo, de un asedio de varios meses por parte de las tropas del Ejército Popular Yugoslavo, que en este caso venían de la vecina Montenegro -de etnia serbia-. Y así, se llevó un buen repaso de los cañones montenegrinos, que destrozaron buena parte del interior de la ciudad amurallada. Ésta era ya por entonces Patrimonio Mundial UNESCO, lo cual les valió un internacional rapapolvo a los montenegrinos armados de turno. Al final, la presión política surtió efecto y los serbios se largaron de allí a finales de 1991, hacia el norte, para darle ahora candela a los bosnios de la zona.

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Algunas zonas escondidas del interior del casco antiguo están completamente derruidas. Puede que a causa de los bombardeos, puede que a causa de la falta de conservación. En todo caso, fueron muchísimas las bombas que aquí cayeron.

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Otras zonas se ven simplemente envejecidas.
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Muchas calles quedan fuera del circuito turístico de los grupos guiados, y sus viviendas están deshabitadas u ocupadas por sus antiguos inquilinos.

Pues eso, en septiembre del 91 los líderes de Montenegro aseguraron que Dubrovnik debía ser atacado en pos de la seguridad patria, para proteger las fronteras montenegrinas y contribuir a la estabilidad de la República Federal Socialista de Yugoslavia. Como razones para alzarse en armas aludieron a aquel término de “guerra preventiva” que se hizo famoso durante la guerra de Bush contra Irak: emplearon mucha propaganda gubernamental acusando al ejército croata de estar a punto de atacar y capturar la Bahía de Kotor. Al igual que aseguraban que no atacarían la ciudad vieja de Dubrovnik, lo cual fue mentira, también sería mentira el presunto ataque croata, ya que en la zona de Dubrovnik apenas había presencia del ejército de dicho país. Las guerras y sus mentiras.

Stradun
La calle principal, Stradun, se iba vaciando a medida que avanzaba el día. De noche, cerca de la madrugada, uno podía caminar por allí prácticamente solo.
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Alrededor de las calles principales básicamente hay restaurantes y hoteles, nada más.

Los que durante los siglos diseñaron sus preciosas murallas, bastiones, torres y fortificaciones para preservar la civilización única del interior de la ciudad, no podían imaginarse que en el mundo presente éstas iban a sucumbir al ataque de las hordas turistas. Es tan bella, que la ciudad parece haber sido diseñada más para enamorar que para defender, y ese subjetivo error es el que atrae ahora a los invasores extranjeros. Con la cartera por delante, eso sí.

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Venir a Dubrovnik a comer helados. Un dato personal: todo buen destino de viaje ha de carecer de puestos de helados industriales.
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Mas de uno habrá estado a punto de matarse haciéndose auto retratos junto a los bajos muros de protección de las murallas.
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Alguien me vería con ganas de echarme una foto, porque yo no lo pedí. La calle principal, Stradun, abajo.
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