Excursión en Valbonë

“Le pregunté qué era aquello y supo explicarme que era milk -leche-. “Milk beeeee“, concretó la abuela imitando de manera envidiablemente profesional a una cabra. “milk muuuuuu“, expresó igualmente señalando el otro plato. Estaba claro. Apenas probé la leche porque no me fiaba demasiado de cómo me pudiese sentar. La mujer se sentó a mi lado y empezamos a charlar”.

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Una pueblerina picaba tomates verdes en el edificio de apartamentos de Valbonë donde me alojé.
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Esta especie de tomates verdes estaban realmente amargos, pero debían ser muy típicos en la región.
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Una de las casas de piedra de Valbonë
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El camino entre las casas de Valbonë y el hostal donde Catherine tenía su restaurante.

Los dos alemanes se preparaban para hacer una larga excursión. Uno de ellos vino con el mapa en la mano y me comentó el plan. Seguirían una ruta de varios kilómetros, relativamente sencilla y asequible, hasta llegar a un pueblo de las montañas que supuestamente no tenía siquiera electricidad. Luego pensaban adentrarse en la montaña y atravesar las altas y, según pensaba yo, infranqueables cumbres montañosas hasta regresar al hostal. Aún no existía una ruta abierta a través de dichas montañas, por lo que la dueña del establecimiento, Catherine, les prestó su localizador GPS para rastrear la ruta que siguieran y así poder abrir un nuevo paso sobre el mapa. No me pareció nada prudente la idea, a la vista de lo imponente de aquellos picos, lo escarpado de sus pendientes, la densidad de su vegetación y el mal tiempo. Por otro lado, me sentí inmediatamente atraído por la idea de llegar a esa aldea remota, pero ya desde primera hora me descolgué del alocado plan de abrir nuevas rutas.

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Paisaje montañoso frente a Valbonë
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El día se levantó nublado, y así continuó

Comenzamos pocos minutos después a caminar carretera abajo, cruzando un puente sobre el río de aguas azules y bravas, y justo antes de cruzar un segundo puente vimos la señal que marcaba el comienzo del sendero de tierra. Era un pequeño carril abierto en la vegetación de la ladera de la montaña, que subía progresivamente mientras dejábamos el río cada vez más abajo. El paisaje era de una belleza salvaje, virgen a excepción del camino sobre el que pisábamos.

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El río antes de comenzar el ascenso
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El mismo río después de subir durante un rato

No resultó nada complicado caminar por allí, aunque el paso acelerado del alemán más joven, Basti, que tenía 23 años e iba en cabeza, me llevaba al límite de mi velocidad. También afectaba a mi toma de aire la incesante conversación que mantenía con el otro alemán, Lars, de 31 años como yo, y que hablaba español de forma realmente fluida. Lars había vivido en Guatemala con una familia durante unos cuantos meses mientras estudiaba el idioma.

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Curiosos hongos por el camino
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En algunas zonas los árboles caídos dificultaban un poco el paso

Después había pasado varios años viajando por Sudamérica. Tres meses pasó entre Venezuela y Colombia; también pasó cinco semanas entre Ecuador y las Galápagos, sobre las que me hizo un detallado informe sobre qué hacer y con qué precios; por Bolovia y Argentina, Nicaragua, Honduras y varias de sus islas; Estados Unidos y México, siempre durante muchas semanas en cada uno de esos países. Parecía llevar viajando toda la vida, aquel alemán que tenía mi misma edad y aparentaba, igual que yo, menos de la que realmente tenía. Había viajado también durante tres meses en Australia, después de haber hecho parte de sus estudios allí mismo. Igualmente, por trabajo, había pasado varias semanas en India, mientras que por placer visitó durante un par de meses Tailandia, Laos y Camboya. Por último, un mes en Sudáfrica, unas semanas entre Kenia, Ruanda y Uganda, y otro tiempo en Túnez.

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Más hongos, esta vez en el tronco de un árbol
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Un par de ocasiones el paseo se tornó un poco más exigente

Conversamos, mientras caminábamos junto a barrancos perpendiculares de algunos metros de altura, sobre las diferentes maneras de viajar. Según su forma de viajar, a la cual dedicaba muchos meses, yo debía viajar demasiado rápido. Por mi parte, ante la dimensión finita de mi tiempo de viaje, prefería visitar únicamente los sitios que me interesaban y seguir conociendo otros lugares diferentes. Si algún sitio me había atraído especialmente y me quedaban cosas por ver allí, ya volvería en el futuro. Sin embargo, él decía necesitar bastantes semanas para conocer un sitio en profundidad. Diferentes formas de viajar. Yo, simplemente, cuando pasaba más de tres o cuatro días en un lugar tendía a quedarme en el hostal descansando, pues no me apetecía tanto salir a la calle. Básicamente porque ya conocía lo suficiente todos los lugares que me eran de interés.

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El paseo estaba marcado con señales como la del árbol
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El río nos acompañaba a mayor o menor distancia, pero durante todo el recorrido

Respecto a la de hora de conocer gente, opiné que en los transportes es muy fácil conocer personas locales, más fácil que en los hostales o en la calle misma. A él le resultaba cansado pasar varias horas sentado en un autobús, y prefería espaciar mucho sus traslados. A mí, por el contrario, me encantaba ver el paisaje pasar por la ventana de un tren o a lo largo de la carretera, así como pasar unas cuantas horas sentado no me parecía una tarea en absoluto pesarosa. Al revés, me motivaba la idea de llegar a un nuevo lugar, misterioso y desconocido, sin saber lo que me aguardaba allí. Salir a caminar, a descubrir, a aprender algo nuevo. Enfrentarme a la aventura de llegar sin nada, sin un lugar donde dormir, sin saber dónde me dejarán, dónde y qué podré comer. Recorrer la calle durante horas por un camino nunca antes andado, lleno de sorpresas. Pasar, por tanto, varias semanas en un mismo sitio me resultaba monótono, una pérdida de tiempo habiendo tantos otros sitios por descubrir. Ya había comprobado en multitud de ocasiones cómo la gente que pasa muchos días en una misma ciudad terminaba por no salir del salón del hostal, y yo no quería eso para mí.

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Frutos del bosque
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Un escarabajo dorado
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¿Unas setas venenosas?

Así, y acompañados por un perro callejero de gran tamaño, de pelo marrón oscuro, que se nos había unido en el mismo albergue y nos siguió a través del monte, llegamos a un camino de tierra y piedras. Tenía un solo carril pero se encontraba bien marcada y fácil de transitar, pese a estar un tanto perjudicada por el tráfico rodado y las lluvias que habían formado grandes charcos aquí y allá. En el lugar donde salimos al camino nos pusimos nuevamente al nivel del río, que con poca profundidad atravesaba el camino de piedras a gran velocidad.

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Junto al río. De derecha a izquierda: Lars, Basti y yo.

Allí paramos a comer algo y beber, dándole el alemán más joven algo de comer al perro, al que había puesto nombre y parecía apreciar bastante. En ese momento se escuchó el trote de un caballo a lo largo del túnel formado por las ramas de los árboles que se elevaban sobre el camino, más allá del río. Un hombre de unos 50 años apareció montado a caballo, vestido con un traje, algo típico en la gente mayor de esta zona del mundo. Quedó parado al vernos a lo lejos. Cruzó el río y le saludé con la mano, a lo que él respondió. Le pregunté en italiano si hablaba italiano, por lo que él entendió que éramos italianos. Dije que no, que español, y se alegró al saber que era español. Le di la mano y le hice unas cuantas fotos. Se reía. Me ofreció llevarme al pueblo en su caballo, pero sonriéndole le dije que iríamos caminando. Nos dijimos adiós de forma alegre y se puso en marcha en la misma dirección que seguimos nosotros pocos minutos después.

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Pasamos un par de bunkers de la era comunista, época de aislamiento del resto del mundo y paranoia militar. Estaban a un lado de la carretera, a mitad de la pendiente que bajaba hasta el terreno llano cultivado que se extendía más abajo. Se encontraban ambos bunkers cabeza abajo y con su entrada tapiada con piedras y cemento. Deduje que anteriormente se encontraban en la ligera pendiente del otro lado de la carretera, dominando ésta desde algunos metros de altura, y que de algún modo muy bestia los lugareños habían conseguido arrancarlos de allí. Aunque por su peso y consistencia no pudieron llevárselo ni desmontarlo, dejándolo allí mismo de patas arriba como un monumento involuntario. No había quien moviera aquellas moles de cemento, hierro y ladrillo, y a nadie parecía molestarles ya, tampoco.

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Empezamos a cruzarnos con algunas casas dispersas, y poco más allá un pequeño cúmulo concentrado de viviendas. Un muchacho joven vestido con una moderna chaqueta de cuero y que montaba un caballo nos dijo que era Cerem, el pueblo que precisamente buscábamos. Lo esperábamos, quizá, algo mayor, pero aquello era exactamente lo que yo tenía ganas de visitar: un pueblo cutre y poco turístico de Albania -aunque había un cartel que rezaba: “los turistas son bienvenidos, 12 camas”-. Las casas eran de ladrillo y, aunque viejas y destartaladas, su estado no se encontraba excesivamente mal. Algunos campos de maíz cercanos a las casas estaban protegidos por latas de Coca Cola y Fanta, que colgando de hilos por todo el perímetro del huerto espantaban a los pájaros con sus brillos y ocasionales tintineos al viento.

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Latas espanta pájaros
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Campo de maíz protegido por latas
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Hotel, los turistas son bienvenidos, 12 camas

Al aproximarnos a la primera casa, una mujer mayor de unos setenta años, con un pañuelo en la cabeza y botas de goma, nos divisó y se quedó mirándonos atentamente. Nos acercamos y la saludé sonriendo, invitándonos ella inmediatamente a tomar chai -té-, a lo cual acepté encantado. Basti y Lars también querían té, y nos sentamos en un banco bajo el porche de la casa de la mujer, ocupado por plantas de maíz enteras que la abuela quitó para dejarnos espacio. Luego trajo una pequeña mesita de madera y una bandeja con tres jarras de té amarillento y un vaso con azúcar.

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La visión primera de la mujer del poblado
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La mujer en su casa, con el maíz

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El té estaba bueno, y mientras nos lo tomábamos intentábamos conversar con la abuela. Le dije que veníamos de Valbonë, y nos preguntó si dormíamos allí o dormiríamos en su casa. Contesté que estábamos en el hostal de Catherina, a la que ella conocía -Katrina, la llamaba-, pero aún así tuve interés en ver su habitación de huéspedes. Era una única sala amplia y simple, con alfombras en el suelo y varias colchonetas apoyadas contra la pared, al estilo de las casas donde ya había dormido anteriormente en Asia Central.

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Parte de atrás de la casa de la mujer: un establo
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Otras casas de la vecindad

Lars y Basti no se comunicaban tanto con la abuela como yo, quizá porque aquella mujer únicamente hablaba albanés y solo ocasionalmente decía ok o good, pero nada más. A mí me resultaba divertido, me recordaba a Tayikistán, así que era yo el que conversaba con ella y traducía. Nos preguntó con gestos si queríamos algo de comer, y le comuniqué que los alemanes no comerían pero que yo sí, aunque más tarde. Entendí que comer se decía ruber, o algo similar, y lo comprobé cuando nos preguntó después que si “¿Katrina ruber good?” a lo que contesté que sí, que very good. Lars y Basti ya se iban para intentar cruzar la montaña en su aventura particular, tras haber comido algo del queso y los embutidos que cargaban consigo.

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¿Lana puesta a secar?

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Antes de que se fueran le di a la mujer 200 ALL por los tés servidos, aunque ella no nos pedía nada a cambio. Tras insistir una segunda vez aceptó el dinero encantada. Le dije entonces que ¨yo ruber¨, y ella dijo que vale. El alemán más joven, Basti, me avisó de que la mujer igual había entendido que me quería quedar a dormir, pero yo tenía la certeza de que no. Se fueron los alemanes dejándome algo de comida para entretener al perro y que así no los persiguiera, y se marcharon montaña arriba para abrir su nuevo paso en las montañas. Eran las tres de la tarde.

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Casas cercanas a la de la abuela, una de ellas visiblemente mejor conservada que la otra
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No había electricidad, pero sí paneles solares

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Me di una vuelta por las casas cercanas seguido por el perro, al que no prestaba demasiada atención. Habían pasado ya unos minutos y hecho unas cuantas fotos cuando apareció otra abuela, que se puso a hablar con la que yo ya conocía. Cuando advirtió al perro se asustó y le dijo algo a la otra. El perro era grande y tenía pinta de salvaje, por su pelo sucio y enmarañado. Le dije que no había problema por el perro, cosa que confirmó la otra abuela, y de paso les hice algunas fotos a las dos. Echamos unas risas, y la mujer incluso se atrevía a agarrarme por el brazo y decirme cosas entre carcajadas aunque yo no entendía nada, pero me reía igual porque la situación invitaba a ello.

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Simpáticas abuelas se ríen con o del extranjero fotógrafo

Le dije a mi abuela que quería comer, que tenía hambre, y se fue directa para la cocina donde calentó un poco de sopa. La cocina estaba en el sótano de la casa, tenía una estufa de hierro y un hornillo de gas, y mantenía una temperatura bastante cálida. Fuera hacía fresco, el viento soplaba frío a causa de la altura de las montañas -estábamos a 1.200 metros de altitud, por los 700 metros a los que habíamos empezado el ascenso desde Valbonë-, y el cielo estaba completamente encapotado. Así se mantuvo el resto del día, e incluso cayeron algunas gotas.

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Las abuelas, siempre dispuestas a hacer de comer para los demás
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Sabrosa y extraña sopa de habas

Subí a por la mesa de madera del porche y la bajé a la cocina, donde la abuela puso la mesa en un instante. Además de la olla con la sopa de verduras, habas, y queso cremoso derretido en el interior del caldo -algo que me pareció muy extraño-, puso un plato con tomates verdes -que estaban bastante amargos- y pepino, así como dos platos con un líquido blanco con tropezones. Le pregunté qué era aquello y supo explicarme que era milk -leche-. “Milk beeeee“, concretó la abuela imitando de manera envidiablemente profesional a una cabra. “milk muuuuuu“, expresó igualmente señalando el otro plato. Estaba claro. Apenas probé la leche porque no me fiaba demasiado de cómo me pudiese sentar. La mujer se sentó a mi lado y empezamos a charlar.

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Otra mujer de avanzada edad y anchas caderas, trabajando en el campo. Parecía haber muchas más mujeres que hombres por allí
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Este trasto estaba aparcado en la pequeña aldea, no todo era rudimentario

Juntando mis dedos índices de ambas manos y dando besitos al aire, le pregunté si tenía marido. Dijo que no, y pronunció dos palabras que debieron ser muerto y viuda, según intuí. Hacía 18 años que estaba viuda, me dijo dibujando los números con sus dedos. Le pregunté si tenía hijos, acunando un bebé fantasma con mis manos, y asintió mientras extendía los cinco dedos de su mano izquierda. Uno de ellos, en Montenegro, los otros cuatro en Albania, en una ciudad que sonaba algo así como Bratosh, y cuya existencia pude comprobar días después en un mapa. Dijo que tenía muchísimos nietos, aunque me perdí con las enumeraciones y solo me quedó claro que eran un montón. Le pregunté si ella no bajaba a Bratosh con sus hijos, y poniendo los dedos de su mano derecha hacia abajo, simuló que llovía. Es decir, cuando empezaba el mal tiempo, bajaba de las montañas. El nombre del mes de Mayo en albanés suena como May, y gracias a eso comprendí que subía a las montañas en Mayo y bajaba en Noviembre.

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Medios de comunicación de masas

Le dije que yo 31, y le pregunté que ella cuántos. Entendió rápido que se trataba de la edad, y utilizando ambas manos me comunicó una cifra que en un primer momento me pareció ser de 75 años. Para confirmarlo repetí esa misma cifra, pero me contestó que no. Sacó un papel y un bolígrafo, y escribió en el papel otra distinta: 57. No me lo podía creer, esa mujer no podía tener la misma edad de mi madre cuando parecía mi abuela. La dureza de las montañas habían pasado factura a su cuerpo, y sus rasgos se habían deteriorado a una velocidad excesiva, maltratados por el clima inmisericorde, la alimentación deficiente, el trabajo duro y la Historia de penurias en aquella región. Le informé de que mi padre tenía 61 y mi madre 57, como ella, y le extrañó que yo tuviera solo 31 años. Seguramente porque ella tuvo sus hijos mucho más joven. Le dije que tenía novia, pero que aún no tenía niños, y eso le hizo mucha gracia. Pasamos así un rato, y poco antes de las 16:30 me levanté, le di 300 ALL por la comida, que estuvo deliciosa aunque fuese escasa, y emprendí el regreso.

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Mucho ganado por los campos cercanos
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Un “Kafe” en la carretera frente a Cerem, cerrado

En esta ocasión seguí la carretera sin más, dejando de lado el camino que seguí aquella mañana con los alemanes a través del bosque, pues aunque no era significativamente peligroso sí que era un riesgo innecesario, así como un desgaste físico que no me apetecía acometer, pues ya estaba suficientemente agotado tras la paliza del día anterior. El valle se iba cerrando a medida que avanzábamos hacia las montañas, la carretera permaneció solitaria a nuestro paso. Me refiero al perro, que me acompañó todo el camino aunque sin prestarme demasiada atención. Generalmente caminaba un centenar de metros delante mía, y cuando me paraba para tomar alguna foto o para regar el campo se paraba girando su cabeza para observarme, hasta comprobar que seguía avanzando en su misma dirección.

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Una tumba con una lápida representando de cuerpo entero al fallecido
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Una catarata en mitad de la montaña, rodeada de bosque
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Un cartel hecho a mano marcando una ruta hacia algún otro poblado
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Una gigantesca cueva en las montañas

Regresé al punto donde el río atravesaba la carretera, justo donde terminaba el trail de la montaña, y el perro lo cruzó la corriente sin preocuparse de mojarse las patas. Aquellas aguas estaban cristalinas, y sin embargo el perro no la bebió, mientras que sí lo hizo en varios charcos de aguas marrones y estancadas en mitad de la carretera. Yo no tenía ninguna intención de mojarme las patas, y me preparé a cruzar por el único sitio posible, donde se alineaban cuatro piedras separadas entre sí algo más de medio metro. El río tendría algo más de dos metros de anchura y profundidad suficiente para mojarme hasta un poco por encima de los tobillos. Hacía frío, ya anochecía y amenazaba con llover.

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El río a cruzar
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El día estaba realmente nuboso, y cada vez hacía más frío

Las piedras eran pequeñas y aparentemente resbaladizas, y además me temí que por su pequeño tamaño sería sencillo que se movieran bajo mi peso, desequilibrándome. Así fue, cuando puse el primer pie en la primera piedra y me quedé con la pierna opuesta en el aire, equilibrándome tras el leve balanceo de la piedra bajo mi pie izquierdo. Conseguí mantenerme allí, en la cuerda floja, mientras observaba la siguiente piedra, que era un poco más grande pero estaba bastante lejos. Tendría que dar un salto seco y rápido, para que la piedra sobre la que me mantenía no se moviese durante el impulso y me mandase inevitablemente al agua, y tenía que procurar un aterrizaje perfecto en la siguiente, quedándome de nuevo a pata coja pues era demasiado pequeña para apoyar ambos pies. Salté y aterricé en la piedra nueva, que no se movió. Observé las dos últimas rocas, aún más pequeñas que la primera, y me lancé a ellas con la misma inercia que llevaba, sin pararme a pensarlo demasiado. En dos saltos cortos y ligeros crucé al otro lado y lancé una onomatopeya de victoria.

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El camino que tenía ante mí, con el perro siempre por delante
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El valle se iba cerrando a medida que avanzábamos hacia las montañas, la carretera permaneció solitaria a nuestro paso

Todavía me quedaban por andar unos seis o siete kilómetros, si es que no me perdía y encontraba un atajo campo a través que existía sobre el mapa y que debería encontrar cerca del final del trayecto. Basti me lo había mostrado en el mapa que habían comprado aquella mañana, al que le hice una fotografía para poder analizarlo después con mi cámara de fotos. El camino de tierra daba varios requiebros antes de juntarse con la carretera principal que iba a Valbone, asfaltada, y en aquella parte final acometería también un gran desnivel del terreno.

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La foto que veis aquí, de un mapa, era en todo lo que confiaba para regresar a Valbonë

Seguía caminando cuando el perro se quedó parado, mirándome girando su ancho cuello hacia atrás. Al aproximarme a él advertí en la lejanía a una mujer tirando a pie de un caballo, asustada ante la presencia del perro solitario que se le acercaba. Cuando la vi saludé con la mano desde unos quince metros de distancia, llamé al perro silbando para que se me acercase, cosa que hizo, y seguimos avanzando paso a paso bajo la atenta y atemorizada mirada de la mujer. Estaba paralizada de miedo. Pocos metros más allá caminaba una muchacha, también asustada, que me saludó cuando finalmente pasamos. Todo el mundo en aquella región parecía tener pavor a los canes. La carretera ascendió progresivamente hasta trasponer por encima del monte, dejando abajo a la derecha el valle por el que discurría el río de aguas claras, hacia el cual comenzamos a descender.

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Allá abajo tenía que descender: Valbonë
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De vez en cuando la roca elevada hacia el cielo asomaba entre las nubes
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Un árbol partido por la mitad

Caminé durante un buen rato hasta encontrarme los siguientes seres humanos, en este caso una familia que abarcaba tres generaciones. El muchacho más joven, que tendría algunos años menos que yo y que vestía como un chico de ciudad, supo contestarme en inglés sobre el camino que debía continuar. Íbamos bien. Pasé varias curvas de la carretera, subiendo y bajando, y encontré una fuente de dos caños metálicos que vertían un agua que nacía allí mismo.

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Una de esas casas era en la que yo dormía
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Una fuente remota en mitad del monte

El atajo vino otro par de kilómetros después, en un pequeño sendero a mi derecha, cuando ya se divisaban a lo lejos Valbonë y la carretera principal a la que tendría que descender, aproximadamente cincuenta metros más abajo. Una vez alcancé el asfalto recobré fuerzas y caminé más ligero, porque serían alrededor de las siete de la tarde, pronto anochecería, y aún me faltaban un par de kilómetros.

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Cartel que anunciaba el atajo hacia Valbonë a la derecha
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El atajo, por mitad del bosque

Me decidí a hacer autoestop, así que de vez en cuando miraba para atrás en busca de algún vehículo, pero nunca aparecieron. Sin embargo, lo que apareció fue una mujer delante mía en la línea del horizonte. Cuando el perro se le acercó empezó a gritar como una desquiciada. Yo llamaba al animal pero éste ya no me hacía caso porque olía la cercanía del hogar y avanzaba sin echarme cuentas, nuestra amistad de conveniencia se había terminado. Di unos pasos más y un hombre subió justo a mi altura desde la margen izquierda de la carretera, la que daba al río, donde estaba pescando. Era el marido de la mujer que gritaba, y le comuniqué que el perro no era peligroso, que no se preocupara. El hombre me miró dubitativo y algo enojado, como si pensara que el perro era mío y me culpara por ello, y le gritó a la mujer en respuesta que no se preocupara por el perro. Ésta pataleó y miró para otro lado, en un ataque de pánico.

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El río donde pescaba aquel hombre, de aguas glaciares, puras, turquesa
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Un recuerdo tras un largo día de caminata
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El río pasando bajo uno de los puentes de la carretera principal, el camino que seguimos por la mañana avanzaba por su ribera izquierda

Seguí avanzando con dolor de pies y agotamiento físico, deseando llegar y comer algo. Ni un solo coche había pasado por la carretera durante los últimos 25 minutos, pero ya no distaban ni cien metros hasta el hostal y su estufa caliente. En ese momento escuché un intenso rugir de motores que subía por la carretera. Un todo terreno blanco seguido de una gran auto-caravana del mismo color salió por detrás de una curva y se hizo visible mientras avanzaba hacia mí. Le siguió pronto otra auto-caravana del mismo estilo, y otra, y otra más. En total llegaron ocho auto-caravanas rompiendo la tranquilidad del monte y el murmullo del río, la paz de la noche y la tranquilidad del hostal. Todos eran alemanes, para no variar.

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En Albania tuve la sensacino de que un 80% de los extranjeros eran alemanes
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Estos eran alemanes de pasta, además

Decidí no quedarme allí, y caminé otros quince minutos más hasta llegar al apartamento donde yo dormía. Me duché tranquilamente y me relajé en la cama leyendo. Una hora después me llegó un mensaje de Lars: “no te preocupes, llegaremos pronto”. Eran cerca de las nueve de la noche y aún no habían regresado. Me vestí y volví hasta el hostal, donde pedí de cenar y les esperé. Llegaron a las nueve y media, tras haber vuelto siguiendo mis pasos: no habían podido cruzar la cumbre de la montaña y habían regresado por el camino principal, donde un camión los había recogido durante un trecho. Cenamos y hablamos, cada uno con su forma de viajar y disfrutar de cada momento. Viajando por la Albania profunda aquel día aprendí a seguir mis propio rumbo y preferencias, a encontrar placer en mi forma de hacer las cosas, quizá más frenética en lo que se refería a movimiento, pero más tranquila a la hora de saborear momentos especiales como los de aquel día en Cerem.

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Cartel que anunciaba la ruta a Cerem (Çeremi), 6,5 kilómetros la ida, la vuelta serían aproximadamente 8 o 9
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