La vía férrea no siempre provee

“Un minuto después dejábamos a nuestra izquierda un automóvil gris con la parte delantera completamente destruida, chorreando aceite sobre el asfalto y desplazado hacia la cuneta. El conductor había sido sacado y tumbado en el suelo con un hilo de sangre saliendo de su cabeza…”.

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Abandonando Sighetu Marmatiei. Carne es carne, también en rumano. Eso sí, embutidos se dice mezeluri.

Me dirigía desde Sighetu Marmatiei -en Maramures, una de las regiones menos desarrolladas de Europa-, en autobús hacia Timisoara. Hice el esfuerzo levantarme a las 6:30 de la mañana para no perder ese autobús, que salía a las 7:15 y que me permitiría llegar a Timisoara a tiempo de subirme al tren que partía a media tarde hacia Belgrado. Solo había dos trenes, y ningún autobús, para ir de Timisoara a Belgrado, uno por la mañana temprano y ese a media tarde, así que si no salía todo perfecto tendría que pasar la noche en Timisoara, lo cual no entraba en mis planes.

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Gracias a los carteles en la luneta delantera de los transportes, uno podía figurarse para dónde se dirigían.

El primer paso, el del autobús, se complicó un poco en un primer momento. No era un autobús al uso, sino otra de esas furgonetas adaptadas con unos 15 asientos. Llegó ya repleta de gente a la estación de autobuses de Sighetu Marmatiei donde yo esperaba, en la frontera con Ucrania. Un par de pasajeros se bajaron dejando varios asientos libres, pero éramos cinco o seis las personas que esperábamos aquella mañana temprano, por lo que temí que pudiera quedarme sin asiento. Allí no había oficina de venta de billetes, ni orden de llegada -yo había llegado el primero-, la buena organización es algo que solo existe en Alemania y sus alrededores, pero no llegaba a Maramures.

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A lo largo de las carreteras de Rumanía abundan las plantaciones de girasol, de maíz y de trigo.
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Una tienda de productos de segunda mano importados desde Alemania.

Con un poco de suerte conseguí subirme al vehículo, ya que algunas de las personas que esperaban, terminaron subiéndose a otro autobús que llegó varios minutos después y que seguramente se dirigiría a alguna ciudad intermedia como Satu Mare. El caso es que nuestra furgoneta partió nuevamente repleta de pasajeros. Esta forma de transporte me era usual, pero en esta ocasión tenía la novedad de que arrastraba un remolque en el que iba todo el equipaje, lo que reducía su movilidad y aumentaba el traqueteo.

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Nuestra furgoneta
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Miembros del pasaje

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Viva nuestro conductor, conductor, conductor.

A mitad de camino ocurrió una desgracia. Circulábamos por una carretera de un carril por sentido -¿qué esperabas?-, la mitad de las cuales han sido construidas o reparadas con fondos de la Unión Europea, como así lo hacen constar la profusión de carteles explicativos plantados junto al asfalto. En un momento dado el tráfico nos detuvo hasta estar totalmente parados. Un minuto después dejábamos a nuestra izquierda un automóvil gris con la parte delantera completamente destruida, chorreando aceite sobre el asfalto y desplazado hacia la cuneta. El conductor había sido sacado y tumbado en el suelo con un hilo de sangre saliendo de su cabeza, moviendo las piernas compulsivamente mientras otro par de hombres lo atendían en cuclillas. Era evidente que un accidente acababa de ocurrir un par de minutos atrás, pues solamente tres o cuatro coches se encontraban detenidos detrás del accidentado.

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En un primer momento no me percaté, pero en el arcén a nuestra derecha también dejamos atrás una furgoneta de pasajeros como en la que viajábamos, contra la que el automóvil había chocado frontalmente. Nuestro conductor se detuvo en el arcén cien metros más adelante, intuyo que con idea de socorrer en lo posible, o quizá porque conocía al conductor de la otra furgoneta. Llovía ligeramente. Con él se bajó otro hombre que viajaba de pasajero, mientras que el copiloto permaneció en su asiento al igual que el resto del pasaje, que cuchicheaba entre sí. Pasaron un par de minutos y conseguí que unos jóvenes que iban en la parte de atrás me explicaran -en rumano- lo que había pasado. Ahí fue cuando me enteré de que había sido un choque frontal entre el coche y la furgoneta.

Otros pasajeros salieron en dirección al accidente a la par que la fila de coches detenidos aumentaba hasta alcanzar nuestra posición y superarla rápidamente. Consideré bajarme, pero no quería ser uno más de aquellos cotillas que por puro morbo se acercaban a entorpecer. Si mi presencia hubiera servido de ayuda o si mi profesión fuese informar sobre lo sucedido, habría estado encantado de ir, pero no me pareció adecuado acudir a cotillear. Pasados diez minutos la mitad del pasaje se había bajado. Quince minutos después llegaron una ambulancia y un coche de policía, incluso un helicóptero sobrevoló la zona. Veinte minutos después llegó una mujer con la camiseta y los pantalones ensangrentados, con su hijo de aproximadamente tres años en brazos, también con sangre en la ropa y leves heridas en la cara y brazos. La mujer tenía la nariz goteando sangre, así como heridas en los brazos y las piernas. Otro par de minutos más tarde subió otra mujer, con hematomas en las piernas y magulladuras por la frente y los brazos, que decía que algunas personas habían quedado atrapadas en la furgoneta y no las lograban sacar.

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El niño tenía algunas heridas
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Magulladuras y hematomas

Pasó un buen rato más hasta que el conductor regresó y nos pusimos nuevamente en marcha, momento en el cual alguien llamó por teléfono a una de las pasajeras y le comunicó que en el accidente habían muerto dos personas. El pasaje viajaba en silencio, el niño lloraba, yo meditaba cómo por un par de minutos no habíamos sido nosotros. Viajar por esos mundos es una ruleta: por su forma de conducir obviando las normas de circulación, por la poca conciencia vial que hay para usar el cinturón, cuidar los neumáticos -en muchos casos jamás son cambiados en vehículos que tienen ya décadas-, u observar la prudencia al volante en vez de tratar de ser el más rápido a cuatro ruedas -costumbre habitual en los transportistas profesionales. Era una ruleta a la que me exponía casi a diario, durante muchas horas, en cada viaje a lo largo de miles de kilómetros. Ésta vez lo había sentido más cerca que de costumbre.

Llegamos a Timisoara y me dejaron en la estación de tren, donde también se bajó la mujer con heridas en las piernas, que no se molestó en ir a un hospital. Fui a la taquilla y solicité billete para Belgrado. La mujer al cargo hablaba algo de inglés, y me dijo que el tren salía a las “four thirty” -las 4:30 p.m.-. Todavía tenía casi una hora, así que fui a comprar algo de comida -no encontré nada digno y me conformé con un plátano-, y fui a cambiar el poco dinero rumano que me quedaba por dinares serbios que necesitaría una vez llegase a Belgrado.

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Timisoara Nord, estación de trenes de Timisoara

A las 4:10 me acerqué al andén de la estación, solté la mochila y me puse a observar las personas y los trenes, sacando algunas fotos. Un tren me llamó la atención por estar plagado de graffities de gran tamaño, así como por ser extremadamente corto: solo dos vagones. Mi tren saldría desde el andén número 1, al igual que ese tren corto, que se puso en marcha poco después para dejar sitio a la llegada del tren internacional que iría hasta Vrsac, una localidad en el lado serbio, desde donde tendría que cambiar de tren una vez más antes de llegar a Belgrado. Se marchó el tren corto, que no sabía a dónde se dirigía porque ni tenía carteles que lo explicasen ni había pantallas informativas en la estación. Era una estación muy básica, con tablones de madera para cruzar las vías entre andén y andén, con el salón principal de la estación en obras y repleto de andamios.

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Un tren con sus graffitis

Dieron las 4:25 y me extrañó que no hubiera aparecido ningún tren en el andén 1, quizá porque había algún retraso, pero quise preguntar para cerciorarme. Un guarda de seguridad hablaba con un chaval joven en una puerta cercana.

—¿El tren para Vrasc? Ya se ha ido -dijo el joven mirando al guarda de seguridad, que asintió cuando éste le tradujo al rumano.
—¡Eso no es posible! El tren salía a las 4:30 y aún son las 4:25, ¿estás seguro?
—Sí, el tren era uno pequeño que salió hace un rato hacia allá -dijo señalando hacia Serbia.

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El tren con los graffitis que se había marchado delante de mis narices no era otro sino el que yo esperaba. Me quedé descompuesto. No había más trenes ese día, dudaban de que quedasen autobuses, no existían alternativas salvo pasar la noche en Timisoara, me informaron. Me dirigí enfurecido a la taquilla, donde le expliqué a la taquillera que el tren había salido ya y lo había perdido pese a su información de que éste partía a las 4:30. Ella me contestó visiblemente enfurruñada:

—¡I told you four thirty!” -“te dije que a las 4:30”.
—¡Pero si las 4:30 son ahora mismo!
Not thirty: ¡thirtyyyy! -traduciendo, la mujer quería decir thirteen, el número “13”, pero era incapaz y lo pronunciaba una y otra vez mal diciendo thirty, el número “30”. No obstante, en ese instante comprendí que había dicho thirty cuando quería decir thirteen, jodiéndome ampliamente, dicho sea de paso.
—Pero no es thirty, es thirteen: ¡thirteeeeeeeen!, ¡si tu inglés es así de malo al menos me podías haber escrito la hora a la que salía el tren en el billete! -le espeté yo, cabreadísimo. El billete no ponía ni la hora ni el número de andén del que salía el tren.
—¡Pues haber mirado el papel! -contestó ella señalando un folio pegado al cristal de la taquilla, y que mostraba todas las conexiones de tren que salían de aquella estación.
—¿Yo por qué voy a tener que mirar ese papel si tú ya me habías dicho que salía a las four thirty? Si hubieras hecho tu trabajo bien no habría perdido el tren. ¡Que me devuelvan el dinero!
—El dinero no se devuelve porque el ticket es no reembolsable, ¡ahí lo pone! -lo ponía.
—¡Yo me cago en la ostia puta! -rompí el billete y se lo dejé en trocitos en la bandeja destinada a poner el dinero.

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Curioso sistema donde puedes rellenar tu botella con agua filtrada a un módico precio. Mejor que comprar una botella nueva.

Me fui en busca de la estación de autobuses, que estaba a un kilómetro y pico. El chico joven que estaba con el guarda de seguridad me había aconsejado buscar hotel para pasar la noche, porque dudaba que hubiese autobuses a esas horas, pero yo lo tenía que intentar de todos modos. Estaba cegado por la ira, que me empujaba a avanzar. Bajé las escaleras de la estación y me topé con la fila de taxis que esperaban clientes. Consideré que podría ser una buena idea tomar uno, por ahorrarme caminar con la mochila cargada y arriesgarme a perder un hipotético autobús por ese retraso. Pregunté al primer taxista por el precio: 10 lei, un timo. Lancé varios improperios en español sobre los rumanos y continué caminando cuatro o cinco metros, mascullé una vez más, di la vuelta y le dije al taxista que de acuerdo.

Tardamos menos de dos minutos en llegar a la estación, que estaba desangelada, prácticamente vacía. En su interior una única mujer se sentaba frente a un mostrador, y no tardó en confirmarme que hacia Vrasc ya no había más autobuses hasta el día siguiente. Di media vuelta, suspirando: había perdido. Me carcomía por dentro la cagada de las 4:13. El taxista me vio salir de la estación y se me acercó de nuevo, buscando un nuevo timo. Le dije que quería ir hasta Vrasc, y me dijo que me llevaba por 100 lei, 22 euros. El problema es que eso solo solucionaba parte del desaguisado, porque después tendría que pagar el tren hasta Belgrado. Si es que llegábamos a tiempo, porque de camino tendríamos que cruzar la frontera. No. Mejor dejarlo: había perdido.

Caminé hasta la carretera que bordeaba el río, camino de la estación de tren aunque no sabía a dónde dirigirme. Necesitaba encontrar un hotel que no me saliera por un ojo de la cara, necesitaba descansar y no ser timado más al menos hasta el día siguiente. Me encontré con un hombre con pinta de vagabundo, aunque no lo era, y que tenía su coche aparcado a la salida de la explanada de la estación buscando trabajo como taxista pirata. Le pregunté por curiosidad, y me ofreció llevarme por el mismo precio de 100 lei, aunque luego bajó a 90. De todos modos yo ya me había concienciado a pasar la noche en Timisoara, y por toda respuesta le pregunté si conocía algún hotel barato en la zona. “Frente a la estación de tren, Hostel Nord Timisoara”. Allí fui, y me ofrecieron una habitación privada por 17 euros. Había tenido suerte después de todo. La habitación disponía de wifi, ducha, y una enorme cantidad de mosquitos enajenados del hambre que profesaban.

Antes de meterme en la habitación me quedaba una tarea pendiente más: regresar a la estación de tren. No me quedó más remedio que volver a encararme con aquella mujer y su inglés del norte de Rumanía, y adquirir un nuevo billete -10 euros- hasta Belgrado, que salía el día siguiente a las 7:45 de la mañana. La cara de aquella mujer mientras expendía el billete de tren no tenía desperdicio: era odio puro. Al menos, por esta vez -y seguramente por el resto de su vida cada vez que atendiese a un extranjero-, me escribió en un papel la hora de salida y el número del andén. La carretera provee, pero las vías férreas no siempre lo hacen.

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