El Muro de las Lamentaciones

“Los rezos reverberaban contra el Muro y nos envolvían con un incesante sonido de voces cantarinas arrítmicas, pero que armonizaban a la perfección entre sí creando un ambiente cautivador, provocador de una sobrehumana estimulación de los sentidos”.

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La primera vista que tuve de las murallas, acercándome a la puerta de entrada

Cruzamos las imponentes murallas reconstruidas de la parte antigua de Jerusalén, adentrándonos en un laberinto de calles empedradas y de aspecto también reciente, pero que usando la imaginación te trasladaban con facilidad a una época pretérita. Evocaba tiempos en los que ríos de mierda, arrojada desde las ventanas abiertas sobre nuestras cabezas, circulaban atropelladamente por estrechas canaletas emplazadas en mitad de aquellas mismas calles. Se recreaba en mi mente una Jerusalén medieval, habituada a los asedios, las epidemias, la inmundicia y el fervor religioso por partes iguales, y lo hacía con una intensidad única, azuzada por el conflicto, por el choque cultural y por la autenticidad de las gentes que deambulaban por aquel laberinto de piedra.

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La llamada Puerta Nueva, por la que pisé la ciudad antigua de Jerusalén por primera vez
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Imagen del interior de la ciudad vieja, en Jerusalén
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Imagen del interior de la ciudad vieja, en Jerusalén
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Tierra Santa

Entre aquellos muros la magia de la historia convivía con la crudeza de la actualidad. La violencia de siglos atrás se había prorrogado impasible hasta el presente, creando una atmósfera de tensión, de paradoja, de modernidad esquizofrénica y anclada en otra era. Una asombrosa mezcolanza plurinacional de turistas se mezclaba con los habitantes musulmanes que regentaban sus comercios, ya fuese en tiendas de souvenir de lujo o en pequeños locales sombríos y mugrientos que vendían comida casera o alpargatas.

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Un militar israelí patrulla en primer plano. Detrás, un hombre aparentemente disfrazado de Jesucristo pasea por los callejones de Jerusalén
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Un grupo de turistas estadounidenses pasea cerca de la puerta de Zion, en Jerusalén
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Una parte del bazar cubierto en Jerusalén
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Una calle del bazar con todos sus puestos cerrados. Este tipo de lugares, especialmente de noche, eran del todo tétricos

Cruzabas una esquina y lo mismo te encontrabas frente a un judío ortodoxo, con su sombrero negro de ala ancha y sus peludas patillas terminadas en tirabuzones, que con un viejo musulmán con su taqiyah y tirando de una mula. O con un militar israelí con su kipá y su fusil de asalto colgado al costado, o con un grupo de turistas sudamericanos católicos, paseando alegremente con sus cámaras de fotos y entonando alabanzas a su señor Jesucristo. Y sobre todos ellos flotaba un aire cargado de emociones, de energía sobrenatural y espiritualidad; del aroma de los inicios de la historia humana, del cristianismo, del Islam y del judaísmo; de tensión, plomo y pólvora buscando una chispa con la que darse el placer de estallar y sumar una línea más a su ya imponente leyenda.

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Una familia ortodoxa camina por el barrio judío en Jerusalén
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Un judío observa su móvil en una calle del barrio judío en Jerusalén
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Bandera israelí colgada en mitad de la ciudad vieja
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Una mezquita, no lejos del barrio judío en Jerusalén

El interior del casco antiguo de Jerusalén está dividido en cuatro barrios: cristiano, musulmán, judío y armenio. El primero en el que puse pie fue el barrio Judío, donde se divisaban multitud de sinagogas y judíos ortodoxos con su curioso uniforme y pelambrera. Salimos de las murallas por la parte sur atravesando la Puerta de Zion, cuyo nombre grandilocuente le imprimía cierto aire de solemnidad, y nos acercamos hasta el recinto sagrado y lugar de peregrinaje donde supuestamente estaba la tumba del Rey David -aunque en realidad no estaba allí-. Me senté sobre un sillar de piedra a las afueras, observando un grupo de turistas que escuchaban atentamente a un sacerdote ortodoxo que les estaba explicando algo sobre aquel lugar sagrado, mientras Manolo continuó caminando acercándose a la entrada del mismo.

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La Puerta de Zion, al suroeste de la ciudad vieja de Jerusalén
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La Puerta de Zion, al suroeste de la ciudad vieja de Jerusalén
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Dormition Monastery. Según la leyenda, donde está situado este monasterio ortodoxo, murió la Virgen María

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Un grupo de jóvenes estadounidenses ora frente al altar en honor al Rey David
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Niños ultraortodoxos judíos salen de la escuela donde estudian la Torá

Delante mía pasaron dos policías, o un militar y un policía, porque llevaban diferente uniforme y el que parecía militar llevaba un M-16 colgado. Siguieron caminando en dirección a Manolo, y cuando estuvieron a su altura le pidieron la documentación. Manolo, para el que no lo sepa, es mulato, y por aquellas tierras bien podría pasar por un bereber o similar. Él no llevaba el pasaporte, lo cual puso las cosas serias, y desde lejos empezó a señalarme mientras les explicaba a aquellos uniformados que no era más que un turista que venía con su amigo blanco. Decidí acercarme a ellos, saludando, y cuando me aproximé con mi cara de no terrorista, se marcharon dejando a Manolo en paz.

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De espaldas, un militar y un policía siguen a Manolo, que aparece en la imagen situado entre ellos
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El sacerdote ortodoxo se marcha tras terminar su explicación a los turistas, aparentemente rusos

Desde allí caminamos hasta el barrio cristiano, donde azarosamente encontramos una escaleras metálicas que subían hasta una terraza desde la que se veía la cúpula dorada conocida como la Cúpula de la Roca, y que era el punto neurálgico de toda la paranoia psicopática que violentaba a árabes y judíos. Allí mismo, un grupo numerosísimo de estadounidenses veintiañeros eran aleccionados por dos guías sobre la historia, costumbres y bondades judías.

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Calles del barrio cristiano
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Al fondo, la cúpula dorada de la Cúpula de la Roca iluminada por los últimos rayos del día. En medio, el minarete de una mezquita. En los laterales y la parte inferior derecha, banderas israelíes ondean marcando territorio

Los grupos de visitantes estadounidenses judíos eran mayoría en la zona, y supusimos con acierto que debía tratarse de algún tipo de convenio entre su país e Israel que promocionaba y subvencionaba aquellos viajes. Era cuestión de Estado para Israel el dorar la píldora a su principal financiador y proveedor armamentístico. Con aquel grupo viajaba una muchacha joven, de venti pocos años, vestida con vaqueros y una camiseta roja de manga corta en la que se leía “Seguridad”. Me resultó muy curioso que aquella joven llevara una pistola enganchada en el cinturón.

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El grupo de estadounidenses. En el centro, de pie, el monitor leía algunas historias sobre el pueblo judío.
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Chica joven que formaba parte de la seguridad del grupo. Colgando de su cadera derecha se observa una pistola

Los monitores comenzaron a animar a los jóvenes, motivándolos para que cantasen una serie de canciones religiosas al tiempo que el sol comenzaba a ocultarse a nuestras espaldas, potenciando el color dorado de la Cúpula de la Roca. A nosotros aquellas canciones nos sonaron a cantinelas de iglesia, y así empezamos a corear sus canciones en inglés con ritmos más conocidos como “pon tu mano en la mano de aquel que te da la mano”, y similares. Minutos después, el grupo se puso en marcha, los monitores animaron a los jóvenes pupilos a unirse a las celebraciones que habría aquella noche, a bailar y cantar: se dirigían al Muro de las Lamentaciones. Era viernes noche, preludio del Sabbath, el punto álgido de la liturgia judía.

Nosotros también queríamos ir al Muro de las Lamentaciones, así que les perseguimos a través de callejuelas y recodos, descendiendo hasta que llegamos a un mirador desde donde divisamos por primera vez la célebre explanada del Muro de las Lamentaciones, donde centenares de judíos se arremolinaban cien metros más abajo en una orgía de religiosidad, con el “Dome of the Rock” al otro lado del muro. Aquella explanada no existía hasta después de que Israel reconquistó la ciudad vieja durante la Guerra de los Seis Días, y decidió que la masiva afluencia de fieles esperada requería un amplio espacio de culto. Por desgracia para 100 familias musulmanas cuyas casas fueron echadas abajo para dejar sitio a la explanada.

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La explanada frente al Muro de las Lamentaciones. Al fondo, la Cúpula de la Roca

En aquel mismo mirador, un grupo de unos cuarenta niños de entre doce y trece años se cogían de la mano formando corros concéntricos de canto y danza alocada. En cuanto nos vieron, siguiendo una especie de costumbre en la que la noche previa al Sabbath la alegría ha de embriagar a propios y extraños, nos invitaron a unirnos a sus bailes. Primeramente agarraron a Manolo de la mano y tiraron de él hacia el interior del corro, que rotaba sobre sí mismo entre saltos, gritos, risas y algarabía.

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Manolo baila en el corro con los muchachos

Luego los niños fueron a por mí y saqué como pude la Go-Pro de la mochila para disponerme a grabar el meneo. Sin tiempo para guardar la Nikon en la mochila, ésta saltaba de arriba a abajo golpeando a todo niño que se me acercaba. «We are gonna Go-Pro», dijo uno de los críos con un acento inglés tan perfecto que me dejó atónito. Dejó de sorprenderme tanto cuando descubrí que el grupo de escolares venía desde Chicago. Se lo pasaban pipa aquellos muchachos gritando y botando ante la mirada indeleble de la cámara y yo, cuando fui consciente de ello, me sorprendí a mí mismo habiendo participado activamente en una festividad judía sin tener nada que celebrar en ella.

Desde allí bajamos sin dilación caracoleando a través de escaleras zigzagueantes, descendiendo una pared casi vertical hasta el mismísimo pie de la explanada, justo frente al Muro. Aquí había grupos de adultos siguiendo el mismo ritual de cánticos dentro de corros. De vez en cuando alguien entraba en su interior y animaba a los demás con una nueva oración, o corrían mientras cantaban hasta darle el relevo a otro, que se metía en el centro del corro y continuaba el proceso. Aquello me recordaba a las canciones de autobús de la infancia, “¿quién robo pan en la casa de San Juan?…”.

Estábamos ahora frente al Muro, el famoso Muro, rodeados por judíos ortodoxos que iban y venían enfundados en sus togas negras, sus sombreros de ala ancha también negros y sus largos rizos cayendo sobre las orejas siguiendo una moda cuyo inventor debía tener algún problema mental serio. La mayoría de los fieles estaba, sin embargo, al fondo junto al muro, al otro lado de una valla protectora que separaba a los turistas de los fervientes religiosos. Había dos tipos de fieles: los que llevaban una kipá blanca, que generalmente seguían la rutina de los corros, los saltos y las canciones; y los judíos ortodoxos. A estos se les veía como un pasmoso cúmulo de sombreros negros formando una franja frente al Muro. Demasiado lejos como para apreciar los detalles, mi visión apenas sí distinguía los movimientos de sus cabezas oscilando de adelante hacia atrás durante el trance del rezo.

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El Muro de las Lamentaciones. Justo a su pie se observa una franja negra de sombreros portados por ultraortodoxos judíos

Allí junto a la valla nos quedamos pasmados, al igual que otras cuantas decenas de turistas más, analizando los ritos que tenían lugar en el interior de aquel recinto al aire libre, intuyendo lo que cada gesto significaba, los sentimientos que impulsaban los saltos de alegría y los giros en los coros. Me llamaba la atención que nadie estuviera haciendo fotografías, y supuse que estaría prohibido aunque nadie nos hubiera advertido de ello implícitamente ni hubiera carteles que así lo advirtiesen.

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Había dos zonas, la de los hombres y la de las mujeres. En esta imagen se aprecia un corro formado por mujeres, así como varios grupos de mujeres militares de las Fuerzas de Defensa de Israel. Como anécdota, la zona de las mujeres era mucho menor y estaba alejada del túnel, la parte más sagrada del muro

Pero no soy yo de los que se quedan sin hacer fotos por lo que pueda pasar. Desenfundé la cámara y grabé algún video, disparé un par de fotos, hasta que un señor al otro lado de la valla me chistó y me gritó, desde una distancia de un par de metros, algo parecido a «no photos, Sabbath!». Ya tenía constancia fehaciente de que no era buena idea sacar la cámara a pasear, así que no era sensato seguir tentando la suerte: en Israel no se andaban con chiquitas y corría el riesgo de que, por ejemplo, me confiscasen la tarjeta con las fotos o me obligasen a borrarlas todas, como ya me ocurrió anteriormente en el Museo Mevlana de Konya o en el Sagrado Corazón de París.

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Tras esta fotografía fui instado a cejar en mi empeño de fotografiar

Un tanto acongojado por la intensidad de lo que estaba dando lugar en el interior de aquel recinto vallado, y aprisionado por la insoportable tentación de entrar y asistir al espectáculo aún más de cerca y, sobre todo, de tocar el Muro de las Lamentaciones, comencé a barajar la posibilidad de intentar colarme. Observé con atención el punto de acceso: una larga rampa de unos 50 metros, guardada por un señor de aspecto normal y corriente que se encontraba de pie, vestido con una camisa blanca y su kipá, mirando en la dirección por la que entraba la gente. Era imposible que fuese capaz de analizar las caras de todos y cada uno de los seres que conformaban aquel río humano, que entraba y salía sin cesar de aquel recinto sagrado.

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Una fuente adyacente servía para que los fieles se lavaran y bebieran. Se encontraba al inicio de la pendiente que descendía hasta la explanada donde estaba el Muro

Otra cosa que estaba clara es que todos llevaban kipá. Los rasgos faciales y la nacionalidad eran un aspecto indiferente, ya que dentro se encontraban personas de todos los grupos étnicos: negros, árabes, eslavos o judíos ortodoxos que parecían venir de otro planeta. Por tanto, debía ser la kipá lo único que limitaba el acceso. Entraría. Mientras pensaba sobre eso observé a un hombre situado unos metros antes del comienzo de la rampa de acceso. Vigilaba una carretilla en cuyo interior se esparcían cientos de kipás blancas de tela, de un solo uso, dobladas en forma de media luna, y que eran utilizadas por los fieles que se acercaban con intención de dirigirse al Muro de las Lamentaciones.

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La zona estaba llena de militares y de judíos ultraortodoxos

En ese preciso momento observé subir por la rampa, abandonando el recinto del Muro, a uno de los monitores del grupo de estadounidenses que vimos cantando antes en la terraza con vistas a la Cúpula de la Roca. Me acerqué a él directamente. Le agarré del hombro para que no se me escapara, y cuando se dio la vuelta le pregunté abiertamente la verdad: «no somos judíos, pero quisiéramos entrar, ¿está permitido?», pregunté. «Sí claro», contestó, «podéis entrar y uniros a la gente, tocar el Muro y lo que queráis, solo tenéis que poneros la kipá». Por un momento deseé que hubiera estado prohibido porque colarse era más emocionante, sobre todo ahora que ya llevaba planeándolo unos minutos.

No tardé ni un segundo en dirigirme a recoger la que sería mi kipá, y Manolo me siguió sin que entre nosotros dijéramos una sola palabra. Caminamos cuidadosos aquella rampa, con el corazón palpitando, esperando que alguien nos abordase y nos dijera que no estaba permitido a los ateos entrar a ese lugar. Durante el trayecto nos cruzamos con varios soldados armados con fusiles especiales de asalto, preparados para disparar en distancias cortas. Notaba disparados mis niveles de adrenalina, sintiéndome acelerado y nervioso hasta el punto de que descendiendo aquella rampa parecía que me hubiera olvidado de cómo andar. Quería llegar al final cuanto antes sin llamar la atención de nadie, pero esquivar a la muchedumbre que caminaba en dirección contraria parecía un reto de lo más complicado. Finalmente alcanzamos la parte de la explanada que quedaba junto al Muro, aún a unos cien metros de distancia, y nos paramos frente a una pequeña librería con una docena de libros de la Toráh, algunas de ellas en inglés. Pensé en coger una para disimular, pero opté por mantener el máximo respeto posible hacia los símbolos religiosos, no fuera a ser que alguien se ofendiera con mi actitud pagana.

A todo esto, fui consciente de que era la única persona con mochila a la espalda. Y era abultada, por lo que me imaginé que alguien podría sospechar de que portase una bomba. Aunque, eso sí, antes de alcanzar la explanada había un puesto de control con guardas de seguridad registrando bolsos y mochilas. Pero para lo que hubiera cabido esperar en lugar como aquel, y en Israel en general, sentí que la registraron demasiado rápido y sin prestar la suficiente atención. Otra cuestión era que mi abultada mochila me identificaba claramente como foráneo, y eso iba claramente en contra de mis planes de no llamar la atención y de mis intenciones de mimetismo. Si quería grabar lo que allí estaba pasando tendría que arriesgarme: saqué la Go Pro y puse la vista fija en un punto del Muro de las Lamentaciones; luego avancé durante 50 metros empujando y contorsionándome para abrirme hueco entre los cientos de personas que formaban un obstáculo humano tan compacto como el propio Muro.

Esquivaba creyentes en un eslalon religioso mientras quedaba grabado por la pequeña cámara de vídeo. La portaba en mi mano derecha, a la altura de la cintura, intentando ocultar al máximo su reducido tamaño rodeándola con los dedos y dejando a la vista solamente el objetivo. Llegué a la zona más cercana al muro de piedra y me encontré rodeado por sombreros negros y togas de ese mismo color. Allí se apilaban casi exclusivamente judíos ortodoxos, sumidos en sus oraciones, ensimismados con sus movimientos oscilantes de tórax y cabeza, abrazando al muro, besándolo y dirigiéndole sus plegarias. Me daba la impresión de estar dentro de un manicomio. Pocas personas de fuera del rebaño ortodoxo se acercaban a aquella zona, sin yo saber por qué, pero no obstante nadie me miraba ni me prestaba demasiada atención. Los rezos reverberaban contra el Muro y nos envolvían con un incesante sonido de voces cantarinas arrítmicas, pero que armonizaban a la perfección entre sí creando un ambiente cautivador, provocador de una sobrehumana estimulación de los sentidos. Me detuve ante una barrera humana emplazada a cuatro o cinco metros del Muro de las Lamentaciones y, abrumado ante tan magnánima escena, no supe cómo continuar avanzando.

Realicé un par de requiebros sobre mí mismo hasta encontrar un hueco por el que escabullirme, y así alcancé la fila de los que rezaban en contacto directo con el Muro. Éstos eran demasiados y no dejaban apenas espacio entre sí. Yo solo quería tocarlo, sentirlo, vivir su energía. Me acerqué por detrás de los fieles que rezaban golpeando el Muro con sus cabezas, o besándolo, intentando no tocarlos ni molestarlos en su tarea. Hasta que pude apoyar mi mano sobre la piedra. Respiré hondo y observé. Papeles doblados con plegaras se introducían en busca de dios entre las juntas de las enormes y milenarias piedras que, en el pasado, formaron el muro defensivo exterior del ya inexistente Segundo Templo de Jerusalén. Ese muro era lo único que quedaba de aquel lugar tan sagrado para los judíos, y por eso rezaban junto a él. La dilatada historia de aquel enclave, con los diferentes pueblos, guerras y ruegos que habían presenciado aquellas piedras, provocaron una explosión de emociones en mi interior. Me sentí sobrepasado ante la magnitud de los actos que podían impulsar las religiones, alimentando al hombre con su fe, sus creencias, sus miedos y sus anhelos. Y aunque consideraba que estaban mal de la cabeza, en cierto modo entendí a todos aquellos seres humanos que dedicaban su vida a estudiar un libro que consideraban sagrado, capaces de seguir unos preceptos religiosos sin sentido alguno para mí pero que, al final, producían un espectacular resultado de creación cultural y social. Y me sentía justo en mitad de aquel fenómeno, sin compartir sus razones pero sintiéndolo y digiriéndolo en toda su intensidad.

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Algunos judíos ortodoxos rezan junto al Muro de las Lamentaciones

Me alejé unos metros del Muro, sin poder frenar el impulso de las emociones, y noté cómo éstas se apoderaban de mí, me atenazaban la garganta y provocaban un picor lacrimoso en mis ojos. Me giré y se lo comuniqué a Manolo con un simple: «esto es increíble, estoy emocionado» y, llevado en riendas de una exaltación mística, rompí mi inmovilidad de varios minutos para recorrer nuevamente el par de metros que me separaban del Muro. Esta vez me acerqué más, con más calma, en una aproximación más íntima y personal que buscaba dejar fluir mi energía con la red de seres que frente a aquella pared y el cielo nocturno se abría al universo. Nunca habría predicho que un sinsentido religioso pudiera provocar tal reacción en mí. Pero en realidad no tenía nada que ver con algo divino. Se trataba simplemente del inmenso poder de la humanidad como ente abstracto, con su capacidad enorme para transformar el universo, mover fuerzas adormecidas, convertir lo inmaterial en divino y lo común en sobrehumano. Y recé, o algo similar, pero hablándome a mí mismo en lugar de a cualquier divinidad. Entré en comunión con algo mucho mayor que mi ser, pues sobrepasaba mi propia y limitada consciencia, y rompí los muros de mi mundo conocido para abandonarme a la ignorancia con la que nacemos y que todo lo abarca aunque no queramos aceptarlo.

Y dirigí palabras no meditadas al vacío de mi propia mente, donde resonaban y cobraban vida, y pedí lo que me vino en gana, y deseé que los poderes inabarcables del universo me fueran propicios. Por unos minutos no existió el escepticismo, aunque tampoco, ni por un instante, compartiese las creencias con ninguna de las personas que allí se encontraban. Ni con ninguna otra. Se trataba de la aceptación de la propia ignorancia, de la sensación de desconocimiento absoluto e indefensión ante fuerzas mucho mayores que uno mismo, aunque no por ello divinas. En aquel momento unas lágrimas se deslizaban por mi faz, tras afrontar cara a cara la grandiosidad de lo desconocido y todos sus misterios, en cerrada compañía de otros cientos de almas que elevaban sus oraciones para intentar aferrarse a algo sólido, para intentar vencer el miedo que irremediablemente estos misterios nos provocan.

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2 pensamientos en “El Muro de las Lamentaciones”

  1. Suscribo lo dicho. No se es humano, no se tienen sensibilidad ni sentimientos si ante tal visión, en medio de esa marabunta exaltada, plañiendo por las heridas pasadas y seguramente anticipando las futuras también, de un pueblo que fue “elegido” para después caer a los infiernos, fundidos todos en un canto que busca a la vez la comunión con lo trascendente y con sus propios congéneres; no se es humano, digo, si uno no se deja llevar en volandas, embargado por la emoción, henchido de conmiseración y dispuesto a aceptar que el gran misterio somos nosotros mismos, y que es lo que nos hace tan especiales e inaprensibles. Yo también guardo un recuerdo indeleble de mi primer sabbath en Jerusalén.

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