Las dos caras de la inmigración

Cuando 黄睿 (‘Huangrui’) puso pie en aquel país por primera vez todo eran luces y modernidad, infraestructuras majestuosas, edificios mastodónticos, tiendas y más tiendas con todo tipo de productos de lujo. Cambió de mundo tras 12 horas de viaje en avión, todo era nuevo y atractivo para él. Decidió emigrar a aquel país tan lejano con la ilusión de medrar en la vida, de escapar del estado de precariedad laboral al que se veía abocado en su tierra natal: lo mejor era marcharse a tentar la suerte.

Por desgracia, cuando llegó a aquel lejano país no podía pronunciar ni una sola palabra del idioma que allí se hablaba. Paradójicamente, todo le sonaba a chino. Se vio sobrepasado por un idioma que no compartía ninguna característica con su lengua materna, la cosa no iba a ser sencilla.

Pronto notó que los habitantes del país que le adoptaba le miraban con una sonrisa en la cara y, al verlo pasar, cuchicheaban entre ellos, señalándole con su dedo índice entre risitas de curiosidad y admiración, mientras pronunciaban una palabra desconocida que pasó pronto a convertirse en cotidiana: “el extranjero”, le dijeron que significaba. Aquellos nuevos conciudadanos le llamaban “el extranjero”, sí, pero al mismo tiempo también le paraban por la calle, con voz trémula por la emoción, para que posara en una foto junto a ellos. Las muchachas le sonreían, sonrojadas, atraídas por el exotismo de su singularidad étnica. Otros muchos ciudadanos le alababan cuando, de mala manera, intentaba pronunciar cuatro palabras en su difícil idioma, animándole por su esfuerzo en aprenderlo. Incluso, en un gesto de gran relevancia, muchos le preguntaban de qué trabajaba y cuánto cobraba; pero lo preguntaban sin acritud, sin acusarle de venir a su país a quitarles el trabajo, sin acusarle de trabajar por un salario que ellos consideraban injusto.

Lo que a ‘Huangrui’ más le fascinaba era cómo a poco que crease un mínimo de confianza con alguno de los habitantes de aquel país, esos nuevos amigos, generosos, le invitaban a tomar té o una cerveza a la menor ocasión, ya fuera en un restaurante o incluso en el interior de sus propias casas. Le hubiera gustado tener más amigos oriundos, admitía, pero su desconocimiento del idioma lo dificultaba en demasía y terminaba desistiendo. A decir verdad, no siempre era todo perfecto -en cualquier país del globo hay personas egoístas que intentan chuparle la sangre al local y al extranjero-. Pero, aún así, casi siempre intentaban agradar a ‘Huangrui’ los habitantes de aquel país que, inadvertida e irremediablemente, hubo de convertirse en su segundo hogar.

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A estas tres chicas las conocí en Chengdu y me acompañaron todo el día por la ciudad

‘Huangrui’ era español, Juan Ruiz se llamaba en realidad, aunque pronto fue bautizado con el nuevo seudónimo al mudarse a China. Como casi siempre hacen los españoles cuando emigran a otros países, ‘Huangrui’ al principio se limitaba a juntarse -casi siempre para salir de fiesta- con otros españoles y, si acaso, otros europeos. Muchos de aquellos occidentales se las daban de “Reyes del Mambo” en China, mirando por encima del hombro a los sencillos habitantes del país asiático, abusando del trato favorable que les dispensaban, de algún modo orgullosos de su supuesta superioridad cultural y ética, así como económica.

Dos años después, ‘Huangrui’ regresó a España. Un buen día, camino de la Universidad, se cruzó en el metro con un joven chino al que decidió hacerle conversación. Interesándose por “el extranjero”, del mismo modo que anteriormente los chinos se interesaron por él, pretendía hacerle sentir incluido en la sociedad española. Así conoció a ‘Zhou’, un estudiante universitario que llevaba tres años estudiando en España y hablaba con bastante fluidez el español. Resultó que ‘Zhou’ era de Chongqing, ciudad por la que ‘Huangrui’ también había pasado, y aquel dato anecdótico causó una gran impresión en ‘Zhou’, poco acostumbrado a aquel tipo de casualidades. Pero ahí terminaron las casualidades: la vida de ‘Zhou’ en España distaba mucho de la de ‘Huangrui’ en China. Según contaba ‘Zhou’, los españoles miraban a los chinos especialmente mal, peor que a otro tipo de inmigrantes, como si no los quisiéramos en nuestro país. En ocasiones, cuando lo veían por la calle, le gritaban con desprecio aquello de “¡chinito!¡chinito!”, e incluso alguna vez, montando en bicicleta, algunos niños le habían llegado a tirar piedras al pasar. Eso le hacía sentir triste.

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Estas dos chicas cuchichearon sobre mi procedencia y luego me acompañaron toda la tarde por Qingdao http://roadprovides.com/2013/09/02/cambiando-de-nacionalidad/

A ‘Zhou’, un joven culto, inteligente y educado, le incluían junto al resto de sus compatriotas dentro de un estereotipado grupo de inmigrantes burdos y sin cultura: los chinos. Un grupo que en la mitología hispana hace surgir pensamientos de inmigrantes ilegales, a los que se acusa injustamente de no pagar impuestos o de trabajar más de la cuenta, por poco dinero, quitándole el trabajo a los españoles. Curiosamente, los españoles vamos ahora a China a buscar trabajo, cobrando cantidades que serían obscenas para cientos de millones de chinos que viven en la pobreza, pero no nos miran mal por ello. También acudimos en su día, y empezamos a regresar ahora, a países europeos en busca de cualquier trabajo, en ocasiones aceptando salarios bajos que no aceptarían los habitantes de tales países. El trabajo no es propiedad de ninguna nacionalidad, y tampoco la dignidad.

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Este grupo de jóvenes me invitó a comer con ellos el plato típico de Sichuan: el huoguo

Se les acusa a los chinos, al mismo tiempo, de ser poco amigables, de encerrarse en su micromundo y no mezclarse con los españoles. Como si los españoles que van al extranjero no hiciera precisamente eso mismo. Como si los chinos no se enfrentaran a la enorme dificultad de aprender el español, la misma a la que se enfrentan los españoles que intentan aprender chino sin éxito durante años, o que emigran a países europeos sin aprender idiomas mucho más sencillos como el alemán o el inglés. Como si aquí, los españoles recibiéramos a los chinos con los brazos abiertos y una sonrisa de bienvenida para que se abran a nosotros. En cualquier caso, ‘Zhou’ no era la clase de chino que los rumores esbozan, así como tampoco lo eran la mayoría de los chinos que ‘Huangrui’ había conocido en España. Entonces, ¿por qué existían esos rumores?

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Este simpático vejete me invitó a acompañarle hasta la mezquita de Zhangye

‘Huangrui’ pensaba que cualquier español que conociera realmente a los chinos se daría cuenta de que son personas como nosotros, con sus problemas y sus ilusiones, sus virtudes y sus defectos, sus intereses y sus tradiciones. Se darían cuenta de que en el corazón de cualquier chino inmigrante existe el deseo de ser feliz, respetado y comprendido. Pero las palabras de ‘Zhou’ le indicaron que no sería tan sencillo, porque mientras que ‘Huangrui’ era tratado como un invitado en la Universidad china donde estudió, ‘Zhou’ era tratado con desprecio por un profesor universitario que le espetaba: “¿si no sabes español, para qué vienes aquí a estudiar?”. En otra ocasión, mientras una amiga suya paseaba por la calle, una mujer española le insultó sin venir a cuento: “todas las chicas chinas son putas”. La cuestión no era ninguna tontería, entendió ‘Huangrui’, cuando a otra amiga suya, de padres chinos pero nacida en España -tan española, por tanto, como él mismo-, y Graduada en Derecho ni más ni menos, también le gritaban aquello de “¡chinita!¡chinita!”, con sorna despectiva, entre otras muchas cosas que podemos imaginar.

‘Huangrui’ sintió vergüenza ajena, percibiendo con una mezcla de asco y pena los sentimientos xenófobos de sus compatriotas. La madre de Juan Ruiz, cuando éste se encontraba en China, le aconsejaba que le diera las gracias a los chinos por haberle permitido quedarse en su país, cosa que por entonces él ni comprendía ni compartía. Ahora, viendo cómo fue y cómo pudo haber sido tratado durante su estancia en el país asiático, considera que tiene una deuda pendiente con la sociedad china. Una deuda que, poco a poco, está empezando a pagar.

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2 pensamientos en “Las dos caras de la inmigración”

    1. Gracias a ti, Paco. Yo también quisiera creer que es un sentimiento en declive, pero lo cierto es que las condiciones contextuales de China hacen que estos sentimientos etnocéntricos y egocéntricos se potencien. La gente se sube demasiado cuando la tratan de manera privilegiada, sobre todo cuando en sus países de origen no pasaban de ser personas del montón.

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