Mini-documental “el Muharram en Irán, la otra Semana Santa”

El Imán Hussein, tercer Imán del chiísmo, fue asesinado en el año 680 d.C. en Kerbala, Irak, a manos de los sunitas, otra facción también musulmana con la que, desde entonces, se llevan a matar. De estas rencillas devienen las tensiones políticas y religiosas que hoy día sacuden el mundo. Cada año, durante treinta días, los chiítas conmemoran el martirio y la muerte de Hussein mediante una serie de ritos y celebraciones que me recordaban mucho a la Semana Santa española. Celebrando el aniversario de aquel acto ruin, los chiítas salen a la calle en penitencia voluntaria, culpándose por no haber estado presentes para prestar auxilio a Hussein y salvar su vida, algo que se ha mantenido durante generaciones en un arranque de fe por el que los hijos aún se martirizan por los pecados de sus antepasados. Al igual que durante la Semana Santa los fieles salen a las calles en gesto de pena, dolor y culpa por la muerte de Jesucristo.

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La Ashura es, al igual que el Jueves Santo, el día en el que se conmemora la muerte del mártir: Jesús para nosotros; el Imam Hussein para ellos. Es el día más grande. Por coincidencias del destino, el día de Ashura me encontraba en Kashan, una de las ciudades más religiosas de Irán. En una amplia plazoleta abovedada -el patio de un centenario y amplio caravanserai- cientos de personas envueltas en negros ropajes se golpeaban sonoramente el pecho con su mano abierta, marcando así el ritmo que llevaba su triste cántico en honor a Hussein. La escena me dejó con la boca abierta, sin capacidad de emitir palabra alguna: la fascinación era máxima ante lo que parecía una escena de ciencia ficción, de alguna de esas películas que muestra los ritos secretos de alguna secta misteriosa.

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Alguien dedujo que era extranjero y, mediante gestos, me invitó a subir a una habitación cuyo ventanal proporcionaba unas vistas inmejorables del espectáculo religioso. Estando allí arriba, respirando aquel aire sobrecargado de emociones, roto por los cantos llorosos de cientos de iraníes viviendo el suplicio de Hussein con la misma fe que los españoles sienten el de Jesucristo, sentí mi corazón compungido. Quizá fue por la suerte de poder estar disfrutando de aquel instante, o por la grandeza del ser humano para crear gestos tan bellos, tan enigmáticos.

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No cejaban de golpearse el pecho con energía. Unas veces pausadamente, acompañando los amplios movimientos de los brazos con ondulaciones coreografiadas; otras veces rápida y salvajemente, con furia penitente. Entonaban sus voces al compás de los impactos torácicos, siguiendo la cantinela liderada por un talentoso hombre preeminente, un saetero iraní, que quebraba su voz pidiendo perdón a Hussein y llorando la precaria situación cercana a la muerte en que se hallaba el bueno del Imam, mártir amado por todos. El espectáculo finalizó cuando tras diez o quince incesantes minutos, los hombres de negro salieron en tropel por la puerta bajo el suelo de aquella habitación.

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A aquel recinto acudían una tras otra todas las “cofradías” iraníes a representar sus cánticos y sus penitencias, cada cual con su grande hombre saetero que los lideraba, cada una con sus cánticos diferenciados y posiblemente con sus emblemas y predilecciones, que por no entender el idioma quedaban fuera de mi entendimiento. Podía adivinarse, a raíz de su esfuerzo titánico por golpearse el pecho más y más fuerte, o por cantar más y más alto, que había una fiera competencia entre cofradías por ser la que mejor lloraba a Hussein, la que con más ímpetu se mortificaba para honrar a su héroe. También para arrastrar al mayor número de seguidores. Exactamente igual que en la Semana Santa.

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Cuando aquel grupo salió para dejar espacio al siguiente, aproveché para bajar y situarme en mitad de la plazoleta, para vivir aquello desde dentro ¿A nadie le importaba que estuviese allí, cotilleando con la cámara de fotos aquel acto tan sagrado, íntimo y personal? Pasaron unos minutos y nuevas voces y golpes se acercaron retumbando entre los callejones del bazar. Al cabo de unos segundos otra cofradía se preparaba al otro lado del portón para hacer acto de presencia en el redondel de piedra. Nuevos seguidores entraban y se apretaban para tener las mejores vistas. Yo conseguí una de las mejores posibles, en el extremo de una plataforma de piedra que me dejaba a pocos metros del escenario y justo frente a las andanadas de penitentes, que ya entraban, sin dejar de cantar y de golpearse el pecho.

Madera al hombro, decenas de fieles portan un sencillo artefacto recubierto por una tela negra que simboliza el féretro donde simbólicamente iba Hussein. Aunque en Kashan estos féretros eran pequeños porque las callejuelas por donde transitaban los fieles eran muy estrechas, en otras ciudades como Yazd los encontré de enormes proporciones. Los artefactos -tronos, pasos- que empleamos en España para la Semana Santa relucen con materiales preciosos y esculturas de bella talla, aunque eso, al mismo tiempo, levanta muchas polémicas por lo poco ético que le resulta a algunos. No obstante, el fondo del asunto era el mismo: todos transportamos a nuestros mártires al hombro.

En Shiraz me frotaba los ojos con incredulidad ante los espectáculos nocturnos que se sucedían durante horas, hasta la madrugada. Decenas de hombres se flagelaban con cadenas unidas a un mango de madera, una en cada mano, con las que se golpeaban las espaldas con energía comedida, toda vez que recientemente el gobierno prohibió llegar a la sangre con idea de evitar expresiones de fanatismo extremo. Los fieles elevaban las cadenas por encima de sus cabezas al ritmo del redoble de tambores, a veces con trompetas, a veces con gente que llora a Hussein pidiéndole perdón, diciéndole lo mucho que le quieren o preguntándole dónde está, con voces desesperadas y desgarradas por la pena y la emoción. Son sus saetas, sus bandas de música y sus penitencias.

Abrían el paso varios jóvenes portando largos estandartes cuyas telas negras llegaban hasta el suelo, sujetas en el extremo de una lanza metálica que asimilaba aquellas de las legiones romanas. Avanzaban detrás los fieles en ordenadas filas a ambos lados de la calle, flanqueando a los músicos y seguidos a su vez de otros fieles que asistían al espectáculo golpeándose rítmicamente el pecho con la mano abierta, en el lado del corazón. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, como dirían los católicos. La gran mayoría vestía de negro, color del duelo, como los nazarenos portan sus capirotes y visten sus hábitos de colores.

A media noche, grupos de hombres se turnaban cada pocos metros cargando una pesada estructura metálica de unos diez metros de longitud. Ésta, estaba profusamente decorada con brillantes lanzas metálicas y con intrincados grabados geométricos de flores, así como retratos del que intuí debía ser el propio Imam Hussein. Algunos valientes corrían hasta quedar exhaustos y, entonces, el resto de compañeros acudían a él y se abalanzaban sobre el pesado estandarte antes de que el portador desfalleciera bajo la amenaza de un creciente temblor de piernas. Otros portadores apenas podían dar una decena de pasos antes de que el hombre al cargo mandase el alto, con un grito, y todos los compañeros acudieran bajo los hierros para aguantarlos mientras el siguiente penitente se colocaba en posición, continuando el eterno ir y venir del artefacto a lo largo de la calle. Varias de estas ornamentadas joyas andantes, todas diferentes entere sí, se cruzaban y giraban, poniéndose frente a frente saludándose mutuamente, continuando hasta el final de la calle y dando la vuelta, ante los atentos ojos del gentío que se repartía a lo largo de la misma presenciando con atención el espectáculo de fuerza y resistencia que no dejaba de impresionarme por su originalidad, la devoción de los creyentes, y las similitudes con la Semana Santa española y el ir y venir de los tronos.

Lo vivido aquellos dos días fue un regalo cultural, una experiencia inconmensurable. Apenas me podía creer que hubiese tenido el privilegio de asistir a una celebración tan íntima en un país tan opaco como Irán, perteneciente a una religión tan infamada en Occidente como la musulmana. Pero esa visión sólo era fruto de los prejuicios etnocéntricos occidentales, porque los iraníes eran todo amabilidad y, tratando a los extranjeros como invitados a su tierra, nos ayudaban a tener las mejores vistas, nos protegían, nos guiaban, nos daban de beber y de comer gratuitamente, contentos de que unos occidentales se interesasen por su cultura y sus costumbres.

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