Amigos garífunas

Al contrario que ocurría al otro lado de la frontera, en Guatemala, donde los adultos siempre aparentan más edad de la que tienen, aquel hombre negro no aparentaba más de 65. Le hablé de que mis abuelos tenían 84 y 86, y que se conservaban bastante bien de salud aunque tenían alguna pega de salud. Él también la tenía, en el lumbago, y por eso no trabajaba ya.

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Punta Gorda

Belice es una ex colonia británica –lo fue hasta 1981- rodeada de países hispanohablantes. Antes de poner pie en este pequeño país ya fui advertido de que el personal hablaría en inglés, pero por tema de contexto daba por hecho que buena parte de la población dominaría el español. Error. Apenas pude encontrar quien compartiese idioma conmigo, casi ni en los lugares turísticos abundaban, quitando al encargado del hostal donde me quedé en Hopkins, que era de procedencia guatemalteca, y el camarero de un bar en la playa, beliceño pero descendiente de hispanohablantes.

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Costa de Hopkins
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Hopkins
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Casas elevadas para evitar las subidas del mar con los huracanes

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Hopkins era un pueblo de dos calles, una asfaltada y la otra sin asfaltar, paralelas al mar. A lo largo de un par de kilómetros se alineaban casas elevadas, con columnas desnudas que las alejaban del suelo y las protegían de las subidas del mar durante los huracanes. Muchas de ellas eran verdaderas mansiones construidas por estadounidenses que elegían la cercana Belice como lugar de vacaciones caribeño y anglosajón.

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Casa de acaudalados estadounidenses, en Hopkins

Quitando este puñado de personas de sangre hispana y los pocos extranjeros del lugar –era temporada baja y solo vimos una docena-, el resto de la población de Hopkins estaba formada por garífunas: negros llegados a la colonia a principios del siglo XIX como esclavos del imperio británico. Al primero de ellos que conocimos lo encontramos en Lívingston, en la costa caribeña de Guatemala, cuando nos disponíamos a tomar un barco que nos llevase hasta Belice. Era muy joven, con largo pelo rastafari, y hablaba un inglés endemoniado que me costaba horrores seguir. Cuando llegamos a Punta Gorda, puerto de entrada a Belice, dimos una vuelta con él mientras todo el mundo le saludaba: “¡Hey Bobby, what ya doin’ here?!”. Parecía conocer a todo el mundo. En vez de quedarnos en la parada de autobuses, nos alejamos con Bobby del centro de la ciudad e hicimos autostop hasta que nos recogió una camioneta conducida por una mujer de espíritu joven, hippy, de alegría desbordante y conversación delirante. Fuimos hasta su casa no sé por qué motivo y Bobby dejó su maleta allí. Luego nos llevó hasta el restaurante de su tío, con intención de que comiéramos allí, pero nosotros nos fuimos hasta la parada de autobús cercana, a las afueras de la ciudad, para agarrar por el camino el bus que iba hacia el norte. Porque solo había una carretera costera de sur a norte del país, así que casi cualquier bus nos valía.

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Bobby, a la derecha, hablando con su amiga Sharane
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La alegre Sharane
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Sharane y su camioneta carcomida por la sal del mar

Pasamos allí casi una hora hasta que llegó, y pudimos comprobar que la seguridad era mayor que en Guatemala (ni de broma me hubiera quedado con mi equipaje a las afueras de una ciudad al lado de la carretera), que la población por aquellas latitudes era predominantemente negra y que pese a estar muy cerca de Guatemala nadie hablaba español. Ni siquiera los que tenían pinta de indígenas mayas o mestizos.

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Parada de bus a las afueras de Punta Gorda

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Al subir al bus un borracho nos abordó en la parte de atrás del mismo, que estaba prácticamente vacía. Era indígena y solo hablaba inglés, pero estaba tan borracho que arrastraba las palabras y apenas se le entendía. Se puso violento al vernos extranjeros, e incluso nos invitó a bajar para dirimir cualquier idea violenta que él se había creado en su cabeza. Tardé poco en agarrar la mochila y desplazarme a los asientos delanteros del bus, donde había otros cuantos pasajeros. Mi compañero de viaje le pidió al revisor que nos ayudase con el borracho, pues nos estaba molestando, y durante la siguiente hora intentó retenerlo en su asiento de manera pacífica y dialogada. Después de molestarnos a nosotros hizo lo mismo con otros dos o tres pasajeros, hasta que finalmente llegó a su parada y se bajó junto a otro indígena tan borracho como él pero que, por el contrario, se había pasado el viaje dormitando con la cabeza apoyada en el cristal. El alcohol, al igual que en Guatemala, causaba bastantes problemas por Belice.

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Bus hacia el norte que nos dejaría en el cruce de Hopkins

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Si no fuera por este hombre que hacía las veces de revisor, habríamos tenido mayores problemas con el borracho de turno

Nos bajamos en el cruce de la carretera principal sur-norte con la carretera de diez kilómetros que se dirigía a Hopkins. Nadie nos hizo el menor caso cuando intentamos hacer autostop, y eso que todo el mundo se dirigía hacia Hopkins, puesto que era lo único al final de aquella carretera. Finalmente nos recogió un chico joven en un coche viejo y aleatorio con el que hizo las veces de taxi, a un precio de extranjero. Al menos era simpático. Hopkins era mucho más pequeño y despoblado de lo que yo esperaba, para mi agrado. Muchos de sus habitantes garífunas nos saludaban al cruzarnos con ellos, los jóvenes tonteaban al vernos pasar y reían, algunos nos ofrecían marihuana en una típica broma adolescente que era seguida por carcajadas nerviosas de sus compañeros de grupo. El cielo en Hopkins estaba plagado de estrellas, y la noche era cálida y húmeda, casi tanto como el insoportable día, que exigía ocultarse bajo alguna sombra.

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A la mañana siguiente salimos a pasear por la playa y en un momento dado me quedé solo haciendo fotografías sobre la arena. Me encontré con un anciano que hacha en mano tallaba un palo, haciendo una herramienta para moler no sé qué grano cuyo nombre desconocía. Era un pueblo rudimentario, Hopkins, y si no tuviera el turismo habría poco más que hacer allí salvo agricultura y pesca. No abundaba el dinero, la gente vestía sencillo y andaba en bicicleta, prácticamente no había coches ni bicicletas, todo lo contrario que Lívingston, pueblo similar con el que lo compararía en Guatemala. Realmente era un pueblecito caribeño de ambiente relajado, una gozada.

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Cruce principal de Hopkins
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Vida tranquila

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Frente al hombre que le daba al hacha había otros tres hombres más, todos de tez oscura y pura genética africana, robustos y delgados, cobijados bajo un techado de hojas secas soportado por troncones de madera. Como me estaban mirando, me acerqué a ellos y saludé, y tuve la sensación de que pocos de los turistas que por allí pasaban se molestaban en saludarlos, menos aún en detenerse a hablar con ellos. Les hice algunas preguntas tontas de rigor hasta que uno de los tres hombres, el de mayor edad, se empezó a animar a hablar. Pronto me invité a sentarme y continuamos la conversación, pero dos de ellos tuvieron que marcharse y se despidieron dándome la mano al estilo de la zona: palmada en la mano y choque de puños. Me quedé con el hombre mayor.

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El primo de Joe Nunez

Estaba sentado en su hamaca, ocioso, mientras que el otro hombre seguía dándole a la madera incansable. Quise pensar que el hecho de que uno trabajase y tres mirasen podía ser característico por aquellas tierras de tranquilidad y lentitud traída por el calor insoportable. Quizá aquél fuese un pensamiento acertado, pero cuando el hombre confesó tener 80 años cambié por completo mi esquema: ese hombre se merecía descansar. Al contrario que ocurría al otro lado de la frontera, en Guatemala, donde los adultos siempre aparentan más edad de la que tienen, aquel hombre negro no aparentaba más de 65. Le hablé de que mis abuelos tenían 84 y 86, y que se conservaban bastante bien de salud aunque tenían alguna pega de salud. Él también la tenía, en el lumbago, y por eso no trabajaba ya.

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Había trabajado 16 años de su vida en Chicago, haciendo trabajos básicos y ahorrando todo el dinero que pudo. Así, cuando regresó a Belice se compró un terreno (9 acres) donde ahora cultivaba varios tipos de árboles: plátanos, cocos, papaya. Se había comprado una casa grande por allí mismo, un poco a las afueras del pueblo, donde vivía con su “lady”. Su mujer había fallecido hace años ya, y sus hijos vivían todos en Estados Unidos. Tenía otra casa más pequeña allí al lado, pero estaba vacía. Cuando le conté el coste de las viviendas en España me miraba con los ojos como platos, al igual que cuando le contaba sobre el coste de la vida, la edad con la que la gente tiene hijos, la crisis económica, la profesión de mis abuelos en su juventud –especial interés tenía en el aceite de oliva, que no conocía-, o sobre algunas anécdotas de China y otros países. El mismo interés sentía yo cuando le escuchaba relatarme cómo de difícil era ganarse la vida por Belice; su rutina diaria de sentarse en la hamaca bajo aquel parapeto de hojarasca que él mismo había construido con sus propias manos al regresar de los USA, viendo a su primo, poco más joven que él, tallar madera; o cómo su “lady” cocinaba un plato llamado Hudu que desgraciadamente no pude encontrar dónde lo sirvieran –al ser temporada baja había poco donde elegir-. Joe Nunez se llamaba mi amigo, con el que perdí el sentido del tiempo y hablé en inglés durante horas, hasta que el abrasante sol del mediodía me recomendó regresar al hostal antes de ver mi piel achicharrada.

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Gran pose de Joe, que me parecía mucho más joven de sus 80 años
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La amistad no entiende de colores

Esa misma tarde fuimos a un parque natural que es conocido por ser la primera gran reserva de jaguares, pero ni durante el día ni durante la noche pudimos ver ningún felino -y eso que estuvimos de ruta acompañados por un biólogo belga que trabajaba en el parque y con el que trabamos amistad-, aunque sí vimos y oímos multitud de insectos que con su cantar llenaban la oscura noche de la jungla en luna nueva. De madrugada empezó a llover en mitad de la jungla como jamás había visto antes. Los truenos hacían retumbar la madera de la cabaña donde dormíamos, e incluso yo mismo me notaba vibrar sobre la cama. La luz de los rayos iluminaba toda la habitación y nos avisaba del inminente estruendo, que se colaba por la ventana junto a mi cabeza, abierta pero con una mosquitera por donde se introducía el aire a presión lanzado por el relámpago.

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Cockscomb Basin, reserva de jaguares (que no vimos)
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Mariposa con dibujo de un ojo
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Hormigas grandes ordenando y hormigas pequeñas trabajando, como la vida misma
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Este escorpión era un recordatorio de los peligros de la jungla, pero el pobre había quedado atrapado dentro de la red metálica y no sabíamos si estaba vivo o muerto

Por la mañana regresamos a la carretera sur-norte, en esta ocasión para regresar a Punta Gorda. A causa de haber sido informados erróneamente el día anterior, perdimos el primer bus de la mañana, y el siguiente tardaría en pasar aún hora y media. Lo peliagudo del asunto es que si pasaba a las 11, como prometían, llegaría a Punta Gorda a las 13:00, justo la hora a la que salía el barco: lo perderíamos, porque antes teníamos que ir a sacar dinero del banco, a comprar los billetes y a pasar el control de aduanas. La única solución era hacer autostop, y así se lo dije a mi compañero de viaje. Nos turnamos en la carretera parando a todo automóvil que pasaba, siendo la grandísima mayoría de ellos todoterrenos o camionetas de gran tamaño.

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La principal arteria norte-sur en Belice, y yo con mi sombrero garífuna molón

Así pasó una hora, con algunos conductores parando pero ninguno dirigiéndose a Punta Gorda. Justo cuando ya veíamos a lo lejos el autobús de las 11, que se había adelantado algunos minutos, la camioneta que circulaba justamente delante se paró y nos recogió, nos subimos a la parte trasera junto a dos mujeres indígenas que también esperaban el autobús y vieron la oportunidad de viajar gratis. El conductor era un hombre negro que me recordaba a Denzel Washington, y que iba recogiendo por el camino a todo el que veía en necesidad. Sin cobrar ni un dólar. A cambio de nada ofrecía la caja metálica de su camioneta, que ardía bajo el astro Sol, el viento endiablado que la velocidad producía y la lluvia momentánea y refrescante cuando pasamos bajo unas nubes. Casualidad de la vida, él también se dirigía hacia Punta Gorda para subirse al barco que iba para Guatemala, y su conducir vertiginoso hizo que llegásemos con una hora de antelación, incluso adelantando al bus de las 8:30 de la mañana que habíamos perdido por pocos minutos. Si no hubiera aparecido aquel hombre en el último instante, nos habríamos subido al bus y habríamos perdido el barco, que resultó ser el último que salía para Guatemala aquel día. La carretera proveía, como no podía ser de otra manera.

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Disfrutando de la carretera
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